Naturalmente la concordancia multidisciplinar anteriormente mencionada debe, a su vez, estar en consonancia con los datos que el registro arqueológico nos muestra. Es decir, los datos que obtenemos de los yacimientos son el resultado de la conducta humana, siendo las conclusiones que obtengamos de ellos el referente de toda aplicación multidisciplinar.

Por ejemplo, si comprobamos que poblaciones de humanos modernos en lugares y fechas similares, unos tenían una cultura simbólica (Africa del sur sobre el 60/80.000 BP) y otros permanecían con conductas no simbólicas (Próximo Oriente) (Fernández Martínez, 1996), parece indicar que la producción cultural moderna o simbólica, no aparece automáticamente con el inicio evolutivo de nuestra especie, sino que debe formarse con el tiempo y dentro de unas características medioambientales determinadas.

Pasa lo mismo con el Neandertal, incluso de una manera mucho más clara. Sabemos de la existencia de un Musteriense tardío (no simbólico) en toda la Península Ibérica hasta el 30.000 BP (Maroto et al., 2005), mientras que en las mismas fechas existía el Chatelperroniense, en donde algunos neandertales si tenían una conducta simbólica.

Da la impresión de que la evolución ofrece capacidades más que realidades culturales. Por supuesto, tales capacidades cognitivas pueden desarrollarse y dar lugar a la cultura de forma moderna propia del ser humano.

Estos datos nos obligan a buscar formas de producción evolutiva y sobre el desarrollo cultural humano que se ajusten a ellos. En este sentido las ideas más tradicionales sobre la evolución no parece que ayuden mucho.

Es clásico en los manuales de Prehistoria empezar sobre la evolución humana, indicando la diferentes especies que se han ido encontrando desde el inicio de nuestro linaje. La idea principal que se nos indica es que todo cambio (mutación genética producida al azar) debe de tener alguna ventaja en la naturaleza, para que la Selección Natural perpetúe tal mutación en las sociedades humanas. Y después, sin dar mayores explicaciones, se pasa a estudiar la cultura (piedras) y sus correspondientes homínidos (huesos). Tanto es así, que durante mucho tiempo se tuvo como cierto la relación de cultura-homínido, siendo la aparición evolutiva de una especie nueva la que desarrollaría su cultura característica (H. habilis: Olduvaiense; H. erectus: Achelense; Neandertal: Musteriense y H. Sapiens: Auriñaciense). Por supuesto, la Arqueología hace ya algunos años que ha desmentido categóricamente tal dualidad.

Sin embargo, la forma de producción evolutiva, en lo referente al origen y desarrollo cultural, no ofrece una conexión que nos sirva para comprender la asimétrica forma de desarrollo cultural que vemos en los yacimientos.

Esto nos obliga a profundizar sobre algunos aspectos evolutivos de nuestro género, sobre todo en tres puntos clave:

1º. Mecanismos del cambio morfológico. Además de la mutación del genoma como fundamento de toda evolución, hay que tener en cuenta la embriología como un componente dinámico que por sí sólo es capaz de actuar en las modificaciones anatómicas.
2º. Actuación de la selección natural. La acción moduladora de las sociedades humanas y su formas culturales.
3º. El carácter de exaptación que adquiere nuestra evolución neurológica. Es decir, de formación evolutiva con unos fines adaptativos determinados, pero que con posterioridad sirvió paras otras conductas de mayor poder adaptativo. Es lo que en Psicología se denomina como capacidades emergentes.

Estos tres factores, que veremos detenidamente por separado, son los que más van a influir en las características de nuestra conducta, tanto social como individualmente.


* Fernández Martínez, V. (1996): Arqueología prehistórica de Africa. Ed. Síntesis.
* Maroto, J.; Vaquero, M.; Arrizabalaga, A.; Baena, J.; Carrión, E.; Jordá, J. F.; Martinón, M.; Menéndez, M.; Montes, R. y Rosell, J. (2005): “Problemática cronológica del final del Paleolítico Medio en el Norte Peninsular”. Neandertales cantábricos. Estado de la Cuestión. El Paleolítico Medio cantábrico: hacia una revisión actualizada de su problemática Museo de Altamira. Monografías, 20: 101-114. Santander.

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