Los griegos micénicos: la potencia militar que arrasó Troya

Recreación de la Ciudadela de Micenas. Fuente, Micenas, la ciudad estado que encumbró al mítico Agamenón (Por José Mari).

Lejos del relato mitológico que tradicionalmente envuelve la narración homérica de la Guerra de Troya, se encuentra la dura labor histórica de intentar descubrir si ese conflicto bélico fue un episodio real, y por tanto histórico, o tan solo un relato literario. Su argumentación y sus personajes se desenvuelven en el marco elegido por Homero, la región de la Troade, y la ciudad de Troya/Ilion. Si realmente se produjo dicha contienda bélica, que según Homero duró una década, debió tener lugar hacia finales del Bronce Reciente, acabando el segundo milenio a. C. En este periodo había dos potencias en el Mediterráneo antiguo, aparte del Imperio Egipcio, que eran el los hititas y los aqueos, también conocidos como los griegos micénicos. Ambas culturas, hititas y aqueos, encontraron su periodo de mayor desarrollo y poder en el intervalo cronológico que va de 1700 al 1200 a. C.

Micenas, se encuentra localizada en la región de la Argólide, donde Heinrich Schliemann realizó los primeros hallazgos de esta civilización. Si dirigimos la mirada a Homero y su Ilíada, se refiere a los micénicos como aqueos, por su cercanía con la región de Acaya. Hubo que esperar a los albores del II milenio a. C., para que los griegos micénicos se establecieran en el área del Egeo. Una oleada migratoria de origen indoeuropeo, se adentró en la actual Grecia entre el 2000 y 1800 a. C., constituyéndose, de esta forma, la base poblacional griega en épocas venideras.

A pesar de que en la primera mitad de ese milenio, la hegemonía cretense se hacia notar en la región dominando las aguas del Mediterráneo oriental, poco a poco, los aqueos iban tomando cada vez más protagonismo en el área continental. A pesar de que los minoicos, siempre dieron muestras de ser una sociedad altamente desarrollada y refinada, hacia el 1550 a. C., en un proceso inverso, mientras la cultura minoica iba cediendo terreno en su nivel de desarrollo y sus palacios comenzaban a decaer, el predominio guerrero y belicista de sus vecinos micénicos acabó por imponerse.

El moderno e innovador aparato bélico micénico se destacó como un ejército moderno que incluía entre sus fuerzas guerreras los carros de combate o las armaduras de bronce, plasmándose todo ello en escenas en su iconografía artística, como ocurre en la Crátera de los Guerreros.

Crátera de los Guerreros. Acrópolis de Micenas. Última fase de la cultura micénica.

En torno al 1600 a. C., los pueblos micénicos comenzaron una expansión, tanto militar como económica, por todo el mar Egeo, alcanzando su máximo apogeo en torno al 1400 a. C. Con todo este poder a su servicio, los micénicos aprovecharon el debilitamiento progresivo que estaba experimentando la cultura minoica para llevar sus naves hasta Sicilia, el Mar Adriático y el Tirreno, en el occidente Mediterráneo, y alcanzar las costas de Próximo Oriente y Asia Menor. En todas estas zonas comerciaron con los más variados productos, exportando aceite, vino, armas y artículos de lujo, como telas y productos de orfebrería.


Llegado el momento, los micénicos no dudaron en atacar, mediante repetidas incursiones los debilitados palacios minoicos que no terminaban de recuperarse de las catastróficas consecuencias originadas por la erupción del volcán de la próxima isla de Tera, ocurrido en torno al año 1500 a. C. Las consecuencias de todo ello, fue el colapso de la civilización minoica, que sucumbía ante el poder micénico, el cual pasó a controlar sus palacios, como el de Cnossos en 1425 a. C. La cultura micénica era consciente de la grandeza de la cultura minoica, a la que se habían impuesto, y sabían que, para convertirse en una poderosa civilización al modo minoico, era preciso asimilar en la medida de lo posible los aportes de la civilización cretense, y así lo hicieron. Prueba de ello fue lo poco que tardaron en adoptar el sistema de escritura, que tan útil les fue a los cretenses, tanto en su organización comercial como administrativa.

Vista del Palacio de Cnossos. Cultura Minoica 


Tan pronto como Schliemann anunció al mundo el hallazgo de la mítica Troya, intentó demostrarlo presentando el polémico Tesoro de Príamo, sin conseguirlo del todo, y, ante el escepticismo de muchos de sus colegas, se dispuso a partir hacia la Grecia continental para buscar pruebas en el bando contrario, Micenas. Lo cierto es que el rico tesoro descubierto por el arqueólogo alemán, desde el punto de visto cronológico, era muy anterior, a la mítica ciudad homérica, concretamente el Tesoro de Príamo pertenecía al siglo XIII a. C. Lo que pretendía el investigador alemán, al descubrir y excavar Micenas, era dar un espaldarazo definitivo a su descubrimiento y demostrar que la Guerra de Troya, la que Homero relataba en su obra la Ilíada, había sido tan real como él mismo, por lo cual venia decidido a encontrar pruebas que evidenciaran su teoría.

A diferencia de Troya, perdida y olvidada en el tiempo, Micenas siempre había sido “real” para los historiadores, incluso ya en época antigua fue visitada por el ilustre Tucídides, el cual, mientras paseaba por sus ruinas, se imaginó la grandeza del pueblo micénico, y daba por hecho de que el poderoso rey Agamenón, tras haber sido asesinado, había sido enterrado en ese mismo lugar. Al igual que el historiador y militar ateniense, pasó por allí también en el siglo II d. C, el viajero Pausanias, quien escribió en relación a Micenas:

“Aún quedan restos de las murallas y unas puertas sobre las que se encuentran unos leones, obra, según se dice, de los cíclopes... Entre las ruinas se encuentran unas cámaras subterráneas pertenecientes a Atreo y sus hijos, en las que depositaban sus tesoros; la tumba del propio Atreo, así como la de todos a los que Egisto mató tras un banquete cuando regresó de Troya... Luego está la de Agamenón, la de su auriga Eurimedonte, y la que contiene los cuerpos de los pequeños Teledamo y Pélope, los gemelos de Casandra, asesinados por Egisto junto a sus padres... Clitemnestra y Egisto, fueron enterrados un poco alejados de los muros, al ser considerados indignos de recibir sepultura dentro de la muralla, donde yacía Agamenón y los que fueron asesinados con él.”

Las palabras de Pausanias hablan de la riqueza monumental de la antigua Micenas, de sus tesoros, y el lugar donde se encuentran las tumbas, que para Schliemann debían contener con seguridad enormes tesoros. Todos los personajes que nombra Pausanias en su relato fueron protagonistas, según la tradición, de una dura historia. El propio Agamenón, tras volver victorioso de la Guerra de Troya, fue asesinado por su mujer Clitemnestra y su amante Egisto. Casi se trataba de una maldición familiar heredada, puesto que el padre de Agamenón, Atreo, continuamente en conflicto con su hermano Tiestes, llegaron a rivalizar por el trono de Micenas. Cuando falleció su madre, Pélope, los dos hermanos ansiaban el poder de gobernar Micenas. Tras consultar al Oráculo, este dictaminó que la corona debía recaer sobre el hermano que tuviera entre sus rebaños un cordero con el vellón dorado. El raro animal resultó poseerlo Atreo, y fue entonces cuando su esposa Aérope, que le era infiel con Tiestes, le robó el cordero a su esposo y se lo entregó a su amante. De esta forma el ilegitimo Tiestes fue coronado rey de Micenas. No obstante, Atreo fue advertido del engaño por Hermes, enviado de Zeus. Atreo reclamó su derecho legitimo al trono y Tiestes fue desterrado.

Heinrich Schliemann (1822-1890). Grabado de 1869 


Pero también llegó a los oídos de Atreo la infidelidad de su esposa con su hermano y decidió vengarse. Para empezar, llamó a su hermano a la corte con el pretexto de una reconciliación, regresando Tiestes a Micenas, y organizándose un fastuoso banquete en su nombre. Sin que Tiestes se enterase, Atreo mandó a asesinar a los dos hijos de este, y se los ofreció como un exquisito manjar. Al final de la macabra comida, le presentaron las cabezas de sus hijos. La respuesta de Tiestes, tras conocer tan terrible acto, fue maldecir a la descendencia completa de Atreo.

Schliemann trataba, por todos los medios, de demostrar el trasfondo histórico de las epopeyas homéricas. Siguiendo las palabras de Tucidides y de Pausanias comenzó a excavar en Micenas en 1876, en la legendaria ciudad griega a la que el propio Homero se refirió como la "ciudad rica en oro". Pero ¿Quién era el temible enemigo de Troya? ¿Realmente tenia la capacidad bélica y destructiva suficiente para aniquilarla? Para poder responder a estas preguntas vayámonos a la Grecia continental, tratemos de conocer si aquellos micénicos tenían la capacidad necesaria de poner en jaque a una ciudad tan bien defendida y pertrechada como Troya.


Pero antes de continuar debemos dejar claro el ámbito cronológico al que nos vamos a referir. El Bronce Reciente en Grecia Continental (Heládico Reciente), se conoce como Época Micénica y se extiende aproximadamente entre los años 1600-1200 a. C. Para definir aún mejor nuestro relato, omitiremos la cronología de Creta y de las Islas Cicladas, ya que no son nuestro objeto de estudio. En Grecia Continental la estructuración cronológica se divide en Heládico Antiguo (I, II, III), Heládico Medio, Heládico Reciente (I, IIA, IIB, IIIA1, IIIA2, IIIB1, IIIB2, IIIC), y Submicénico. Será en el Heládico Reciente donde situaremos cronológicamente nuestra historia, que no es otra que la Troya de Homero y la Guerra de Troya. Dicho de una manera mas simple, nos centraremos en el Bronce Reciente que ocuparía del 1600 al 1100 a. C , y si la Guerra de Troya tuvo lugar en el 1184 a. C., como se afirma, no cabe duda que este periodo cronológico es el nuestro. Aclarada la cronología volvamos a nuestro extravagante protagonista, Schliemann.


Nada más iniciar los trabajos arqueológicos en Micenas, un extraordinario hallazgo iba a sobrecoger a Schliemann y su equipo. El arqueólogo alemán tuvo la fortuna de sacar a la luz en pocos meses el primer Círculo Real. Ello supuso una transformación documentada, no solo con la información obtenida del Circulo A, sino también con la facilitada tras la aparición posterior del segundo circulo de tumbas, el Circulo B. Este último presenta una datación entre 1650 y 1550 a. C., mientras que el Circulo A, estaría entre 1600 y 1500 a. C. Ambos círculos aparecieron localizados al oeste de la acrópolis de Micenas, con una separación entre ambos de unos 150 metros. En su interior fueron hallados varios enterramientos de inhumación, que tipológicamente se corresponden con la tumba-fosa. Estas estructuras son de forma rectangular con dimensiones mayores que una tumba de cistas, y técnicamente excavadas en el fondo de un pozo o fosa, presentando la misma estructura y de profundidad variable. El suelo está recubierto por una capa de gravilla y las paredes suelen estar revestidas de mampostería o adobe. La altura de las paredes oscila entre los 0,30 y 0,20 metros. En ocasiones puede verse reforzadas con postes de madera en sus cuatro ángulos para conferirle mayor estabilidad a la construcción. Para ejecutar la cubierta se empleaban dos vigas de madera dispuestas horizontalmente, rematadas en ocasiones con una protección de bronce sobre las que se disponían losas de pizarra. Finalmente, dichas losas se recubren con tierra formando un pequeño túmulo, y así, una vez cubierto, se remata con una estela de piedra para marcar el lugar de la fosa. El rito funerario empleado en estas tumbas es el de inhumación, aunque existen pruebas que apuntan a una reutilización de las mismas en diversas ocasiones.

Círculo A. Acrópolis de Micenas 


El Círculo B, es ligeramente mayor que el Círculo A, y apareció rodeado por un muro de mampostería con un diámetro de 27 metros. Pero no solo es un poco mayor, sino que también es más pobre en cuanto a la presencia de ofrendas. Su excavación tuvo lugar entre 1952-54 por la Sociedad Arqueológica Griega, bajo la dirección de los arqueólogos I. Papadimitriu y G. Mylonas.

El Circulo B contenía veinticuatro tumbas de las que solo catorce respondían a la estructura de tumba-fosa, mientras que una de ellas presentaba una factura de mampostería perteneciente a un periodo posterior. De todas estas tumbas destaca la Tumba Gamma, la cual contenía en su interior cuatro cuerpos pertenecientes a tres hombres y una mujer. Todos ellos se hallaron dispuestos en posición extendida, y dos de ellos se localizaron retirados hacia un lado de la pared, otro respondía a un esqueleto de un varón de 1,70 metros y estaba carente de ofrendas de valor. El cuarto cuerpo pertenecía a un hombre de 1,80 metros y ocupaba el mayor espacio de la tumba circular. Apareció dispuesto de espaldas, con las manos en las caderas y las extremidades inferiores ligeramente flexionadas. Como ajuar contaba con una espada de bronce situada a su lado, así como una daga con la empuñadura de marfil de bella factura y localizada a la altura de su muslo derecho. En su conjunto esta tumba contaba con un rico ajuar de utilidad bélica, como espadas de bronce, dagas o puñales, puntas de lanza, cuchillos y puntas de flecha.

Recinto de tumbas del Círculo B. Acrópolis de Micenas 

Pero no solo se hallaron armas en esta tumba. También aparecieron diversos restos de vasijas cerámicas, dos copas de oro, y un recipiente hecho de cristal de roca con asa en forma de pato. Entre los adornos personales se encontraron láminas de oro, y alfileres de bronce con cabeza realizada en cristal de roca. Además se halló una caja de madera realizada con láminas de plata, una máscara fúnebre hecha de electro (aleación natural de oro y plata) y un sello de amatista donde se representa a un hombre con barba.

El Circulo A, al igual que el B, se encuentra rodeado por un muro de mampostería y presenta un diámetro algo inferior a 27 metros. En el Heládico Reciente IIIB (1450-1100 a. C.), se le rodea de un doble anillo realizado a base de losas de caliza dispuestas de canto. La misión de ese anillo fue el poder incluirlo dentro del perímetro de la ciudadela de Micenas. El Circulo A fue el descubierto por Schliemann en 1876, y él y su equipo enseguida se dieron cuenta que estaban ante una sociedad militarista y por tanto con la capacidad militar suficiente como para asediar y atacar Troya. Resulta fácil imaginar al arqueólogo alemán emocionado ante el descubrimiento de tanto material bélico, que le servía para reforzar su teoría, así como las grandes riquezas que iban arrojando la tumba real. Dicho círculo contenía 6 tumbas de fosa que escondía 19 individuos de los que se diferenciaron 9 varones, 8 mujeres y 2 niños. De todo ello destaca la Tumba IV, la cual estuvo ocupada por cinco personas (tres hombres y dos mujeres) pero desgraciadamente desconocemos cuál era la disposición de los cuerpos dentro de la tumba y las ofrendas que les correspondieron a cada uno, ya que no se documentaron en el momento de la excavación. En el conjunto de esta tumba se pudo recuperar diversas armas, como veinticinco espadas de bronce, de las que dieciséis tenían sus empuñaduras en marfil, oro o alabastro, cinco puñales, algunos con sus hojas grabadas con representaciones escénicas, dieciséis grandes cuchillos, cinco navajas de afeitar, así como un numero indeterminado de puntas de flecha.

Espadas micénicas de bronce halladas en la tumba V de Micenas. Siglo XVI a. C. Museo Arqueológico nacional de Atenas.

En cuanto a las vasijas había cinco de ellas realizadas en oro, once en plata, veintidós de bronce, tres en alabastro y dos en cerámica vidriada. Entre los vasos rituales se encontraron dos rytones de oro y tres de plata. Entre los adornos personales, contamos con dos coronas de oro, ocho diademas de oro, un numero indeterminado de placas de oro para adornar los vestidos y perlas de ámbar. Entre otros objetos se hallaron tres máscaras fúnebres de oro, anillos de oro y plata y dientes de jabalí utilizados para recubrir los cascos de los guerreros, y de lo que se hace referencia en la Ilíada.


En el Círculo B aparecieron dos estelas grabadas y tres sin grabar, y en el Círculo A once grabadas y cuatro o seis sin grabar. Las estelas es la primera manifestación del relieve monumental que surge en el ámbito del Egeo. Están formadas por lajas de piedra caliza que suelen medir entre 1 y 1,85 metros. Son estrechas, lisas en su parte trasera, y en su zona delantera presentan incisiones y grabados de poca profundidad. Desde un punto de vista decorativo, muestra un relieve plano en exceso donde se desarrollan escenas figuradas relacionadas con la guerra, la caza o la lucha de animales. Entre los motivos ornamentales que maneja destacan las bandas de espirales dispuestas paralelamente donde se evita la aparición del fondo natural. De nuevo aparece representada escenas de guerra en estos relieves, algo que estaba permanentemente presente en la sociedad micénica.
Merece una mención especial las máscaras funerarias encontradas en los dos círculos. En el Círculo A aparecieron seis, mientras que solo una en el Círculo B. Su elaboración viene a poner de manifiesto la buena técnica que poseían los maestros orfebres micénicos. Técnicamente presentan una fina hoja de metal adaptada a una cara esculpida en madera. De entre ellas existen cuatro individualizadas en las que se distinguen los mismos rasgos físicos que los encontrados en el sello de amatista. La más famosa de ellas es la denominada máscara de Agamenón, realizada en oro, con una anchura de 26,5 centímetros y una altura de 26 centímetros. Apareció en la Tumba V del Circulo A, datada en el 1550 a. C. Desde el punto de vista artístico es impecable, estando acabada con una finísima capa de oro realzada mediante repujado, y en la que el artista consigue trasmitir con crudeza los rasgos del difunto. Aparte de esto, su singularidad radica en que cuando Schliemann la encontró, creyó haber hallado al mismísimo rey de Micenas, Agamenón, de ahí su nombre, pero lo cierto es que nos encontramos ante un personaje que vivió unos 350 años antes que el propio Agamenón. Cuando Schliemann retiró la mascará de su dueño difunto quedó perplejo, llegando a describir de esta manera aquel momento:

“La tercera calavera estaba maravillosamente conservada bajo su pesada mascara de oro... los dos ojos perfectamente visibles, así como la boca, que, debido al peso soportado, se encontraba abierta y mostraba treinta y dos hermosos dientes”

Máscara de Agamenón. Circulo A. Tumba V. Acrópolis de Micenas. 

Al igual que las máscaras, destacan por su riqueza las joyas y adornos que siguen la estética minoica, entre las que destaca las diademas. Se trata de bandas de forma más o menos oval fabricadas con hojas de oro y decorada con la técnica del repujado. Los alfileres son agujas realizadas en metal con la cabeza coronada con cristal de roca.


Junto a todo esto debemos resaltar la presencia de un variado catálogo de armas en las tumbas. Dichas armas mantienen la tipología del Heládico Medio, pero ya con las innovaciones técnicas del momento que se iban incorporando poco a poco. El puñal o daga, responde a un arma blanca de unos treinta centímetros de largo. Algunos ejemplares presentan incrustaciones realizadas con una técnica propiamente micénica, que consistía en que el forjador realizaba un corte en el centro e insertaba, acto seguido, una hoja del mismo material, y sobre ella martilleaba en frio las figuras y paisajes recortados. A continuación pule la superficie con el objeto de eliminar las huellas del martilleo, procediendo luego a grabar los detalles. Las incisiones se cubren finalmente con un material denominado nielo negro  (mezcla de cobre, plata, plomo y azufre). Todo ello se calienta formando una pasta homogénea donde se incrustan metales diversos para conseguir así el contraste de los colores.

Arsenal Micénico.

Entre los cuchillos de corte por un solo lado, tenemos los domésticos, las navajas, las cuchillas y los cuchillos de combate. Lo mas llamativo son las espadas, donde se distinguen varios tipos. El tipo A, consiste en una estrecha hoja muy pesada de origen cretense, de aproximadamente un metro de longitud. Las espadas del tipo B son de hoja mas larga, ancha y plana. Ambas son muy frecuentes de encontrar en las tumbas. A partir del Heládico Reciente IIIA1 contamos con espadas del tipo C, que presenta una hoja corta con una nervadura en su parte central reforzada, y con la empuñadura cogida con remaches. En su parte final, el mango presenta dos proyecciones oblicuas en forma de cuernos. Las espadas del tipo D son de estilo cruciforme con una hoja mas ancha que las del tipo C, presentan una nervadura central y puño terminado en lóbulos laterales. El tipo H, es una espada de hoja larga y puntiaguda que perdurará hasta la Edad del Hierro.

Espada, daga y punta de lanza aqueas realizadas en bronce.


A partir del Heládico Reciente IIIA2 y el IIIB, las espadas van dejando paso a las dagas en las que el pomo se une a la hoja en una sola pieza presentando una forma de T. Desde el comienzo del Heládico Reciente IIIB2 se impuso una daga conocida como tipo F, de hoja muy solida, de unos 40 centímetros de longitud. Los puñales tenían la particularidad de que eran empleados, mas que como un arma, como un instrumento de corte. Desde el Heládico Reciente IIIB2, dichos puñales están ya muy extendidos. Las puntas de lanzas, usadas por cazadores y guerreros, son de hoja foliácea, con un largo encaje siguiendo los prototipos cretenses, y van sujetas a un asta de tres metros y a veces superior. Estas mantienen las características del periodo anterior y presentan una nervadura central y un encaje tubular para el mástil. También contamos con jabalinas, cada vez mas ligeras, son similares a las lanzas pero mas pequeñas, y puntas de flechas de sílex y obsidiana, aunque algunas han aparecido hechas en cobre.


Igualmente existieron corazas, posiblemente desde el Heládico Reciente II, pero carecemos de la documentación necesaria para precisar más. Tan solo contamos con un ejemplar, el cual fue hallado en una tumba de cámara, concretamente en la número doce de la ciudad de Dendra, y que pudo ser datada gracias al material cerámico que la acompañaba, situándose en la transición del Heládico Reciente II al IIIA1. Su blindaje consistía en una serie de placas de bronce cosidas sobre un forro de cuero, protegiendo las zonas vitales desde el cuello a las rodillas, tanto por la parte delantera como trasera. Dado lo aparatoso del diseño y lo pesada que resultaba para llevarla en combate, es posible que tuviera un uso ceremonial en galas militares.

Armadura de Dendra. Cultura micénica.

En la llamada "Tumba del guerrero del grifo", excavada en el año 2015 por un equipo de la Universidad de Cincinnati, en la antigua ciudad de Pilos, se encontró los restos óseos de un guerrero muy bien conservado y acompañado de un rico ajuar compuesto de numerosas joyas, armas, corazas y toda clase de objetos hechos en metales preciosos. De entre ellos destaca, la que fue llamada "Ágata del combate de Pilos", un pequeño sello minoico grabado, minuciosamente decorado, donde se desarrolla la lucha de dos guerreros ante un tercero, caído y herido.

Recientemente, y cerca de la tumba anterior, en el año 2020, se hizo público un descubrimiento llevado a cabo en la misma región del Peloponeso, donde el mismo equipo de arqueólogos de la Universidad de Cincinnati, encontraron dos tumbas familiares de unos 3.500 años de antigüedad con ricos ajuares que habían escapado a la actividad depredadora de los expoliadores, consistente en numerosas joyas y artefactos que describen los usos y creencias de la cultura micénica. Entre las joyas resulta especialmente interesante un anillo de oro con una decoración consistente en dos toros rodeados de espigas de cereal, que, según manifestó el director del Departamento de Clásicas de la Universidad de Cincinnati, Jack Davis, se trata de una "escena interesante de cría de animales y agricultura. Que sepamos, es la única representación de granos en el arte cretense o minoico". También destaca un pendiente cuya temática ornamental es la cabeza de la diosa Hathor. Igualmente se hallaron pequeños fragmentos de oro, usado para revestir las paredes. La primera impresión de los arqueólogos fue, que la tumba pertenecía a un gobernante de la ciudad de Pilos. Tanto las joyas como demás objetos han podido permanecer en el mismo lugar donde fueron depositadas hace 3500 años al haberse derrumbado los techos, con forma de bóvedas, en época antigua.

Ágata del combate de Pilos. Tumba del guerrero del grifo. Cultura micénica.


Toda esta riqueza encontrada en sus tumbas apunta a que la cultura micénica era muy rica, y en ella existía una clase dirigente, una élite amante de los objetos de lujo, lo que les servía para diferenciarse del resto de la población y demostrar así un estatus superior. A esto hay que añadir la enorme presencia de armas en los ajuares de las tumbas, lo que indica que nos encontramos ante una sociedad plenamente militarista, donde el ejército desempeñaba una función fundamental al servicio de estas élites.

Si analizamos todos los objetos descritos, de marcado carácter bélico, encontrados en las tumbas, y los unimos a los ricos objetos, mucho de ellos hechos de metales preciosos, llegamos a la conclusión de que la guerra formaba parte de la vida de los micénicos, ya que muchos de estos metales preciosos no solo eran fruto del comercio, sino también del saqueo y el pillaje ejercido sobre otros pueblos de su entorno. Desde fechas muy remotas se documentan actos de pillaje protagonizado por los micénicos contra enclaves anatolios. En estas ciudades, y en su forma de vida, se aprecia una arquitectura de tipo defensivo, ya que se vieron en la necesidad de proteger sus ciudades, fortificándolas para así evitar ataques del exterior.

Podemos decir que las gentes pertenecientes al espacio cultural común micénico tuvieron que acostumbrarse, desde sus orígenes, a convivir con esa realidad guerrera a la que nos hemos referido, y en este contexto jugó un papel fundamental los palacios. Si bien en la última fase de ese periodo contamos ya con estados palaciales al modo minoico, estos vienen precedidos de una fase anterior donde lo que proliferaba era pequeñas unidades políticas territoriales que hemos podido documentar gracias a las tumbas reales. Posteriormente, estas unidades políticas acabaron centralizadas al integrarse en otras realidades políticas mayores, los palacios.


Los palacios micénicos terminan de surgir una vez que se produce la caída del poder minoico y la destrucción de los centros palaciales cretenses, hecho cuyas causas, actualmente se desconocen. El diseño arquitectónico de estos recintos palaciales demuestra que nos encontramos ante una cultura altamente beligerante, acostumbrada a las acciones militares de ataque y defensa. Prueba de ello son los recios e imponentes muros que rodean a la mayoría de estos recintos. Se trata de poderosas y rotundas murallas que no debe tener mas sentido que el de defenderse de los ataques que se producían por pueblos vecinos, quizá motivado por disputas territoriales y la rivalidad en el control de fuentes de riqueza, aunque también tenían la misión de rechazar los intentos de saqueo y pillaje de que pudieran ser objeto.

Desde hacía tiempo la cultura micénica estuvo recibiendo los influjos culturales cretenses, por lo que termina produciéndose una fusión cultural entre los decadentes restos de la cultura minoica y la floreciente cultura micénica. Son muchos los elementos que la segunda recibió y adoptó de la primera, llegando en ocasiones a confundirse. Entre otras cosas los micénicos tomaron el relevo del poderío naval del Mediterráneo en su área de influencia, de la talasocracia cretense, convirtiéndose en una de las potencias del momento.

Carro de guerra micénico.

Por tanto, los reinos micénicos estaban constituidos por pequeños estados articulados y organizados, en lo que a su territorio se refiere, en torno a un complejo palacial, desde el cual se organizaba y controlaba todo lo referente a la vida de sus gentes, ya sea en el plano político, económico, cultural o religioso. El estado micénico era un estado muy proteccionista desde el punto de vista económico, lo que hacía que su población dependiera de él para su subsistencia. Esto no debe resultar extraño en absoluto, ya que se trataba de una economía de carácter redistributiva, es decir, el palacio funcionaba como centro de distribución de productos primarios, los cuales se obtenían proporcionalmente a cambio de prestaciones de trabajo. El hecho de que el Estado ejerciera su férreo control sobre los medios de producción, los recursos económicos, así como sobre el culto religioso, colocaba a los dirigentes micénicos en una situación de privilegio, en cuanto a su estatus, superior que al resto del pueblo.

Para gestionar de forma efectiva el poder que ostentaban, la sociedad micénica no podía desprenderse de su carácter militar, y así se ve reflejado en su estructura social. En lo mas alto del poder de los centros micénicos, se encontraba la autoridad suprema, una especie de monarca que concentraba el poder político, religioso y militar, denominado Wanax. No obstante, aunque el Wanax realizaba personalmente el rito religioso, a la hora de encabezar al ejército en la batalla se lo encomendaba al Lawagetas, que era una especie de general especialista en las contiendas bélicas. El Lawagetas, aunque en menor medida que el Wanax, poseía enorme poder, lo que se reflejaba en sus posesiones y forma de vida.


Por debajo de estos dos personajes, en la estructura social, se encontraba una serie de individuos de alto rango denominados equetai, que no era mas que la clase dirigente. Estos tenían la obligación, a cambio de sus privilegios, de actuar como comandantes del ejército en caso de conflictos bélicos. Luego estaban los telesteai o terratenientes locales. Cada distrito tenia al frente a un individuo de confianza del poder real, los koretes, que ejercían de gobernadores. Finalmente estaban los artesanos, seguidos de los campesinos o damos y los esclavos.

En definitiva, desde los hallazgos de Schliemann en Micenas, se sucedieron la aparición de interminables restos que dejan en evidencia una clara relación entre las construcciones de los diferentes lugares, siguiendo todos ellos un mismo patrón, y la organización de la vida de sus gentes en torno a ciudades fortificadas. El surgimiento de robustas murallas, puertas grandiosas, tumbas monumentales, una sala del trono conocida como megarón, numerosas dependencias y almacenes, que no podían faltar en las zonas de hábitat, a todo ello hay que añadir la glorificación post mortem de los señores de la guerra, inhumados con ricos ajuares y con todo su equipamiento bélico. Todo esto nos hace suponer que se trataba de una sociedad guerrera típica de la Edad del Bronce, que la hacía recurrente a la imaginación de los aedos. Gómez Espelosín, F.J en su obra 'Historia de Grecia en la Antigüedad' se refiere a la cultura micénica:

“La sociedad micénica era una sociedad marcadamente militarista que consideraba la guerra como una de sus principales actividades, tal y como revelan las poderosas fortificaciones, las numerosas armas que se han hallado en sus tumbas y el carácter belicoso de la mayor parte de sus representaciones artísticas, con escenas de batallas o de cacería como temas fundamentales”.


Ejemplo de esto último es la decoración del ya mencionado y conocido como 'Vaso de los Guerreros', correspondiente a la ultima fase de la cultura micénica (finales del siglo XIII a. C.). En la superficie de esta crátera se representa, de forma ligeramente estilizada, una procesión o desfile de guerreros perfectamente equipados para la contienda. Todos ellos llevan coraza, casco, grebas, escudo circular y una lanza del estilo de las armas halladas en las tumbas.

Como ocurre con muchas culturas en la historia, la micénica desaparece casi sin dejar rastro, produciéndose un colapso de sus estructuras. Entre los siglos XII y XI a. C., se produce la devastación de Micenas, Tebas, Tirinto, y Pilos por causas desconocidas, si bien los restos del fuego encontrados apuntan a que pudieran haber sido arrasados por un enemigo exterior, o incluso haber podido sufrir las consecuencias de algún desastre natural. Son muchas las teorías que intentan poner negro sobre blanco en este tema. A los motivos que se apuntan anteriormente, se baraja la posibilidad de que pudieran haber sido victimas de los conocidos como los Pueblos del Mar en el año 1200 a. C., y del que nos habla las fuentes egipcias. Otro motivo de esta desaparición podía haber sido por la invasión doria hacia el 1100 a. C., aunque no tiene mucho fundamento. Posiblemente la desaparición de la cultura micénica fue ocasionada por una combinación de motivos.


Lo que es seguro es que, cuando desaparecen los centros de poder micénicos, fueron muchas las consecuencias que acarreó a todos los niveles. Por un lado, al descentralizarse el poder político micénico el nuevo escenario fue aprovechado por caudillos locales, que, liberados del poder ejercido desde el palacio, van a liderar, en cierto modo, una nueva reorganización de la vida cotidiana. Lo reducido de las nuevas comunidades obligó a buscar nuevas zonas de hábitat alejadas ya del proteccionismo que antes ofrecían los palacios. Se abandona cualquier intento de levantar edificaciones monumentales como en la etapa anterior. En cambio, se reutilizaron antiguas fortificaciones desde tiempo atrás abandonadas.

Puerta de los leones. Acrópolis de Micenas.

En un escenario tan inseguro fue inevitable que se llevaran a cabo movimientos migratorios, incluso fuera del mundo griego, en dirección a Chipre y la costa occidental de Asia Menor, en busca de un futuro mejor y sobre todo lugares donde poder refugiarse con seguridad. Los campos quedaron abandonados y dejados a su suerte. Lejos quedaba aquella etapa palacial de agricultura extensiva que resultó fundamental en el modelo micénico de economía redistributiva. Ello hacía que la duración de los nuevos asentamientos humanos no durasen mucho, incluso se convirtieron en asentamientos estacionales, no alcanzando los más estables más de una generación. Consecuencia de ello es la presencia de estructuras arquitectónicas pobres y pasajeras, nada que ver con la monumentalidad del periodo micénico anterior.


Muchas costumbres cambiaron de forma radical para poder adaptarse a esta nueva realidad. Una de ellas fue la transformación del rito funerario, ya que tanta movilidad humana hizo imposible mantener necrópolis estables, adoptándose el rito de incineración, mucho mas práctico que el de inhumación dada las nuevas circunstancias. Este nuevo escenario también afectó a las armas, puesto que se interrumpieron las relaciones comerciales, establecidas desde hacía tiempo con oriente, por lo que comenzó a escasear el cobre y el estaño, básicos para la elaboración del bronce, que fue sustituido por el hierro. A pesar de todo, hubo una cierta continuidad con respecto a la etapa micénica, puesto que las nuevas gentes poseían un sustrato cultural derivado de la misma, el cual se veía reflejado en diversos aspectos de la vida cotidiana, como su lengua, costumbres, creencias y ritos religiosos. Atrás quedaba una época mítica de enormes fortalezas, palacios, o señores de la guerra, que vislumbraba un remoto mundo en donde la mitología se confundía con la realidad histórica.

Francisco Javier Jiménez Martínez

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Comentario por Alicia M. Canto el marzo 24, 2022 a las 10:49am

Felicidades por tan buena síntesis.

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