Desigualdad de riqueza: lo que hemos aprendido de los 'robots' del Neolítico tardío

           Imagen: Peter Wieser.

Hace 7.000 años las sociedades en toda Eurasia comenzaron a mostrar signos de división duradera entre los que tenían algo y los que nada tenían. En una nueva investigación publicada en la revista Antiquity, un equipo de científicos ha registrado el vertiginoso aumento de la desigualdad en la Prehistoria y rastreado sus orígenes económicos hasta la adopción de los arados tirados por bueyes.

Sus resultados desafían una visión, largamente mantenida, de que la desigualdad surgió cuando las sociedades humanas hicieron la transición de la caza y la recolección a la agricultura. Según los investigadores, no fue la agricultura en sí misma la que introdujo desigualdades sustanciales de riqueza, sino una transformación en el modo de realizarla fue la que provocó que la tierra fuera más valiosa y la mano de obra de menor valor.

"Los arados tirados por bueyes fueron los robots del Neolítico tardío", explica el coautor Samuel Bowles (izquierda), economista en el Instituto Santa Fe. Los bueyes supusieron una forma de tecnología de ahorro del trabajo que condujo a un desacoplamiento de la riqueza derivada del trabajo, un desacoplamiento fundamental que provocó la moderna desigualdad de la riqueza. "El efecto fue el mismo que hoy en día: crecientes disparidades económicas entre quienes poseen robots y aquellos cuyo trabajo se ve desplazado por tales robots".

En el primero de dos documentos complementarios, los investigadores presentan nuevos métodos estadísticos para comparar la desigualdad en distintos tipos de bienes en sociedades diferentes, en  regiones diferentes y en diferentes momentos de la historia. Su análisis de los datos de 150 enclaves arqueológicos revela un fuerte aumento de la desigualdad en Eurasia desde el IV milenio a.C., esto es, varios milenios después del advenimiento de la agricultura.

"La sorpresa aquí no es tanto que la desigualdad desaparezca a partir de esa fecha, sino que anteriormente se mantuvo baja durante mucho tiempo", dice la autora principal Amy Bogaard (derecha), una arqueóloga de la Universidad de Oxford que también es profesora externa en el Instituto Santa Fe.

"La historia habitual, de que las sociedades que adoptaron la agricultura se volvieron más desiguales, ya no es válida, dado que observamos que algunas sociedades que adoptaron la agricultura fueron notablemente igualitarias durante miles de años", dice el coautor Mattia Fochesato (izquierda), economista de la Universidad Bocconi.

Antes de alrededor del año 4.000 a.C., las sociedades de Oriente Próximo y Europa cultivaban un mosaico de pequeñas parcelas que Bogaard compara con las "asignaciones" actuales en el Reino Unido. Las familias habrían cultivado una variedad de granos de cereales, así como lentejas, guisantes y otros cultivos de legumbres que debían cosecharse a mano. De modo notable, habrían labrado el suelo a mano usando azadas, y en algunos casos también con la ayuda de ganado no especializado (como vacas lecheras envejecidas) para tirar de los arados, al tiempo que habrían cuidado sus parcelas durante la temporada de crecimiento de los cultivos para protegerlos de los animales salvajes. "Era un paisaje bastante concurrido, con mucha gente trabajando en y alrededor de estas parcelas".

Pero entonces algo cambió. Los agricultores que tenían los recursos suficientes para criar y mantener bueyes especializados en arar vieron nuevas oportunidades agrícolas en tierras adicionales. Un solo agricultor con un equipo de bueyes podía cultivar diez veces más tierra que un agricultor de azada, y habría comenzado a adquirir más y más tierras para cultivar. Aquellos que poseían tierras y equipos de bueyes comenzaron también  a optar por cultivos más tolerantes al esfuerzo, como la cebada o ciertos tipos de trigo que no requerían mucha mano de obra.

En el II milenio a.C., en muchos paisajes agrícolas los campos se extendían hasta el horizonte, y las sociedades estaban profundamente divididas entre terratenientes ricos, que pasaban sus propiedades a sus hijos, y familias pobres con poca o ninguna tierra.

El mecanismo que impulsó este cambio se detalla en un modelo económico en el segundo artículo investigación. El mismo revela una distinción clave entre los sistemas agrícolas donde el trabajo humano era el factor limitante para la producción y los sistemas donde el trabajo humano era más prescindible y la tierra era el factor limitante.

"Mientras la mano de obra era clave para la producción, la desigualdad era escasa, pues las familias no diferían mucho en cuanto a la mano de obra que podían desplegar para producir cultivos", explica Fochesato. "Pero cuando el aporte más importante fue la tierra, las diferencias entre las familias se ampliaron, dado que la tierra, y otras formas materiales de riqueza, podían acumularse y transmitirse de generación en generación. Ya fuera por casualidad, por fuerza o trabajo duro, algunas familias llegaron a tener mucho más que otras, y entonces surgió una desigualdad radical".

Los dos nuevos estudios son parte de un creciente cuerpo de investigación científica que está aplicando medidas económicas comparativas al registro arqueológico. Gran parte del trabajo deriva de la larga serie de talleres interdisciplinarios que el profesor Bowles lleva a cabo, anualmente, sobre los orígenes de la desigualdad de riqueza (coeficiente de Gini) en el Instituto Santa Fe. La nueva investigación respalda los hallazgos previos del arqueólogo Tim Kohler (izquierda) et al (Nature, 2017), los cuales llamaron la atención sobre la desigualdad de la riqueza notablemente mayor en la Eurasia post-neolítica que en las Américas, donde los animales de tiro domesticados no habrían estado disponibles.

Una consecuencia negativa de la desigualdad, señala la profesora Bogaard, es que las sociedades más desiguales tienden a ser más frágiles y susceptibles a la agitación política o al cambio climático.

"La conclusión que se puede ofrecer hoy en día es que si hay oportunidades para monopolizar la tierra u otros activos clave en un sistema de producción la gente lo hará. Y si no hay mecanismos institucionales que lo regulen, u otros mecanismos de redistribución, la desigualdad será siempre el lugar donde nos veremos abocados".

"La tierra sigue siendo un activo relevante", dice Bogaard, "pero hay otros muchos tipos de activos existentes en los que debemos pensar sobre cómo las personas pueden poseerlos y beneficiarse".

Fuentes: phys.org | eurekalert.org | 18 de septiembre de 2019

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