Acaso Hispania y sus habitantes, honorables señores autóctonos, el lugar geográfico y planetario, social y político, en los antiguos tiempos históricos de la presencia y autoridad romana habría poseído unos ciertos límites de grandeza e importancia, algo muy significativo dentro de las estructuras generales del propio Imperio Romano, lejano territorio y lejanas gentes incluso, propuesta de descubrimiento y conquista, en el cual "lo que se veía", el asunto inmediato, su "realidad tangible" para los intereses imperiales, digamos, no sería otro que los negocios precisos, militares, económicos y sociales llevados a cabo por la diversidad de gentes de procedencia italiana.

Cuando ese enclave, Hispania, como lugar dentro del imperio desaparece y se sucede a continuación el cambio de autoridad, romanos por visigodos, lo que se advierte es una especie de engrandecimiento de ese propio lugar Hispania, Península Ibérica, para lo cual  -su dominio- exige una especie de esfuerzo añadido por parte del organigrama militar y administrativo de los preclaros hombres del pueblo visigodo que lo intentaran. Se convierte así mismo en un lugar particular y a ajeno a la organización de otros lugares anteriormente identificados como provincias romanas y dentro del mismo se desarrollan diversas opciones de señores propietarios, pueblos y presencias que en él pululan. Un lugar grande, incluso, para las posibilidades de los seculares habitantes paisanos que aquí fijaran su residencia desde antiguo.

La asimilación de formas, estructuras y modelos romanos por parte del Pueblo Visigodo no habría sido tanto un proceso de imitación de formas romanas y su adaptación a los modelos visigodos, sino producto  de una simple situación de "acultura". Los visigodos, cuando aparecieron, habrían llegado "con lo puesto", no poseían grandes veleidades de ideas en su cabeza, proyectos o infraestructura económica para hacer funcionar un reino, su "regnum". Proceso de "acultura" que por esta vez no coge desprevenidos a los habitantes paisanos del lugar, sino que quienes aparecen con esa "acultura" son los extranjeros invasores. Algo muy parecido a lo que sucediera en la muy lejana antigüedad cuando las sucesivas tribus y pueblos nómadas llegados del desierto y las montañas conquistaban Babilonia.

Pero acaso con una cierta intención e interés en lo mismo, los visigodos recurren una y otra vez a la terminología de función y las mismas leyes que ya existían, anteriores, de los romanos.

Acaso el asunto de Recópolis  -fundación de una ciudad-  podría escaparse por simpleza de esa tónica de funcionamiento instaurado por los reyes visigodos durante su presencia como autoridades en los espacios peninsulares, y se trate, sin más, de una idea absolutamente original, sin antecedentes romanos.

El cuerpo de datos en relación con ese nombre y esa ciudad  -su realidad histórica-  está suficientemente demostrado en crónicas como la de Juan de Bíclara o Isidoro de Sevilla y sus ruinas quedaron identificadas con las que aparecen en el Cerro de la Oliva, en un pueblo de Guadalajara llamado Zorita de los Canes.

Su configuración material no ocupa un gran espacio al estilo de la fundación de las ciudades del oriente civilizado, ni siquiera comparable a otras ciudades existentes en la península y se trata de una fundación "ex novo", construcción de nueva planta, aunque en ese mismo lugar, el Cerro de la Oliva, existen pruebas de habitación anterior de tiempos prehistóricos celtíberos y romanos, por los caminos y vías que conducen al cerro, y bases de viejos edificios como donde se emplaza la Basílica construida sobre viejas piedras de una modesta iglesia de tiempos romanos.

No existen datos  -y esto es algo muy importante-  de la clase de gentes, picapedreros, albañiles, arquitectos que la diseñaran y construyeran, si eran equipos del propio lugar la Celtiberia un poco al este de la capital Toledo o si fueron equipos importados del extranjero. Las observaciones sobre las ruinas advierten un cierto estilo oriental en el urbanismo, griego o bizantino, incluso en la decoración, utilización de materiales y formas y la disposición de los edificios. Pero muy posiblemente podrían ser arquitectos y albañiles procedentes del mismo lugar o desde Toledo, o llegados desde el levante-sur peninsular donde imperaban todavía esas maneras.

Recópolis, según las crónicas, fui construido por el rey Leovigildo en el año 578 de nuestra era, aunque existen otras fechas y al término de sus campañas militares de reconstrucción del reino cuando la corte quedara instalada en Toledo.

Resaltar, ahora, unos ciertos aspectos en la idea, diseño y construcción de ese lugar: primero, como producto de un sobrante de dinero y resultado de unas posibilidades políticas y económicas, como lugar experimental y como una construcción de una prevista o difusa utilidad práctica.

La ciudad o castillo, Recópolis, como sobrante de dinero o posibilidad económica y política nos hablaría de ello su propia demostración arquitectónica, la oportunidad en las cuentas del tesoro para llevarlo a cabo y un hecho producto de la pacificación del reino, su sentido de demostración de poder del rey visigodo. Según algunos especialistas Recópolis se fundó como celebración y conmemoración de la victoria en seguimiento de viejas fórmulas  romanas

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Es necesario recordar que la costumbre entre los visigodos de posesión del trono, la corona o la jefatura, era algo que venía dispuesto por la ley, es decir, eran los nobles en asamblea quienes elegían al más idóneo o capacitado para lo mismo. En esto Leovigildo, sin embargo, utiliza viejas formas romanas que consistían en asociar los hijos al trono con la intención de, más tarde, dejárselo en herencia, en contra sin duda de las viejas leyes y costumbres de los pueblos godos. El hecho, entonces, de la fundación de la ciudad queda relacionado con el deseo del rey Leovigildo de la asociación dinástica. Juan de Bíclara e Isidoro de Sevilla dicen de manera taxativa que se llamó Recópolis "ex nómine filii...", según el nombre Recaredo. Pero Leovigildo tenía dos hijos, Hermenegildo y Recaredo y ambos asociados al trono. El mayor Hermenegildo residía en Hispalis y era duque y gobernador efectivo de aquella región, mientras que Recaredo residía junto a su padre, en la corte de Toledo. Pues se conoce que los cuidados del rey al fundar y nombrar la ciudad con el nombre del segundo no debieron de gustar mucho al primogénito Hermenegildo pues la sublevación de éste sucedió, no más, al año siguiente de la fundación de la ciudad.

Otros aspectos de lo mismo se recogen en torno a la elección del propio nombre "Recópolis" que definiría la fundación de esa ciudad. Uno de ellos es el que hace mención a si se trataba o no de una "ciudad regia". Unos historiadores están a favor y otros en contra de esa manera de ver las cosas. Alguno de ellos asegura que el nombre de Recópolis no significa "ciudad de Recaredo", sino que significa, la "ciudad del rey" o "ciudad real" si se utiliza el prefijo "reiks" (en latín rex) que sonaba como "rec" y el sufijo "polis" (ciudad). Otros autores dicen que esa misma palabra podría tener los dos significados, es decir, referirse a Recaredo y referirse a "ciudad real".

Y es curioso pensar con esta últimas interpretaciones de "Recópolis" que ya el propio rey Leovigildo en sus mientes y sus asesores debieron contemplar esas mismas posibilidades, incluso alguna tercera y que ello les pareciera algo muy conveniente.

En cuanto al segundo de los aspectos, Recópolis como lugar experimental, de ello nos habla la inexistencia de lugares parecidos en ese época y en Península Ibérica y el tiempo posible de su utilización por parte de los reyes y la corte de Toledo que no debió ser mucho, acaso unas tristes décadas y reducido al ambiente de sus fundadores, es decir, Leovigildo y Recaredo, pues los siguientes reyes habrían pasado de ello y del fin para el que fuera concebido. En realidad la vitalidad de la ciudad dura hasta el siglo VIII y con los musulmanes se llamó Medinat Recubal. Despoblado en el siglo IX, la población casi en su totalidad y sus piedras serían utilizadas para crear el enclave árabe de Zorita.

La extensión de Recópolis no es mucha, viene a ser de unas 30 hectáreas, algo más de medio kilómetro cuadrado y ocupa lo alto de un cerro descolgado en la vertiente del Tajo en el centro de una meandro del río. La estructura que demarca la ciudad es una muralla de unos 2 metros de alto calculados con poderosas torres cuadradas y a diferente distancia acaso por aprovechar los roquedales más proclives a su construcción. En el interior se suceden diversos grupos de edificios con relación urbanística entre ellos y plazas y calles longitudinales en el centro. Al lado norte aparecen los edificios nobles, una especie de planta palacial con recias columnas cuadradas a lo largo y en el centro, una planta basílica con baptisterio y otros edificios que lo relacionan. En el lado opuesto aparecen una serie de típicos edificios que por curiosidad no son viviendas de habitación, sino talleres especializados en diversos quehaceres, vidrio, orfebrería, utillaje diverso y que a su vez servían de tienda de compra y venta de los productos allí mismo fabricados y otras dependencias con aspecto de almacenes.

Pero las nuevas excavaciones del lugar muestran un aparato arquitectónico más amplio a partir del cual se comprende mejor la función y forma de vida de las gentes que habitaron Recópolis y sus alrededores. Edificios y casas tanto dentro, pero sobretodo en los lugares extramuros a ambos lados de las vías que suben al cerro y en donde vivirían una cierta clase de gentes descendientes de los viejos moradores y dedicados en su mayor parte a las labores del campo, pero también ahora, los artesanos de los talleres y los criados de palacio. Unos suministrarían los diversos productos primarios de subsistencia y otros el servicio de la nueva residencia de Recópolis.

Es de pensar así mismo que el Cerro de la Oliva fuera un lugar habitado desde muy antiguo y que continuaría siéndolo cuando los visigodos se marcharan de allí o abandonarían los intereses primeros que allí les llevaron. Leovigildo pretende crear un gran pueblo o una nueva ciudad a partir de su idea, las posibilidades de éxito y la función social y económica del propio lugar.

Se advierte así mismo, el interés desde la administración y la corte de Toledo de conseguir vecinos para la nueva ciudad. Juan de Bíclara en su crónica y referido al rey Leovigildo dice: "...estableció privilegios para el pueblo de la nueva ciudad..." Pero el mismo Isidoro de Sevilla no considera Recópolis como una fundación "ex novo" al estilo de las grandiosas fundaciones en el oriente romano o bizantino, sino como "otra cosa". Así Recópolis aparece en la crónica histórica del rey Leovigildo, pero no la incluye cuando escribe y trata de la fundación de nuevas ciudades. Recópolis, entonces, no cuadra con la idea de fundación en Isidoro, ¿por qué?

Quizás la respuesta podría encontrarse en el tercero de los aspectos propuestos para la explicación de Recópolis como es su utilidad práctica, preguntarse para lo que sirviera Recópolis, pues todos esos aspectos anteriores adornan el hecho de una cierta aureola de gratuidad y sin sentido, ya que por mucho dinero que sobre o el cierto oportunismo político las cosas no se hacen porque sí, ni las grandes ni las pequeñas.

 
 
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