Uno de los bellísimos frescos conservados en las villas de Pompeya

Fuente: ABC.es | Ángel Gómez Fuentes | 11 de enero de 2015

En menos de veinte horas el Vesuvius (el monte exterminador que no es el Vesubio que conocemos hoy, como comúnmente se cree) expulsó diez mil millones de toneladas de magma, centenares de millones de toneladas de vapores y de otros gases a una velocidad de 300 metros al segundo. Se calcula que, en términos de energía mecánica y térmica liberada por la erupción del Vesuvius, equivaldría a 50.000 bombas atómicas de Hiroshima.

En Pompeya vivía Faustilla, la usurera que hasta el último momento persigue a sus clientes exigiendo el pago de los créditos mientras Pompeya se derrumba. Vive Novella Primigenia, la actriz que, tras el teatro, intima con hombres poderosos la noche anterior a la tragedia. Se encuentra allí Apollinare, médico personal del emperador Tito, que en su tour por la provincia visita a la bella Rectina, la aristócrata organizadora, incluso pocas horas antes de la catástrofe, de suntuosas fiestas en su villa al pie del Vesuvius.

Una Pompeya viva

Esta narración de la tragedia de Pompeya la ha hecho de una forma inédita el paleontólogo más famoso de Italia y divulgador científico Alberto Angela  (izquierda) en su libro «Los tres días de Pompeya», un best seller en Italia.

Durante veinticinco años ha estudiado las excavaciones, con la ayuda de vulcanólogos, arqueólogos, antropólogos y otros investigadores, para restituirnos la imagen de una Pompeya viva, que en su cotidianidad se asemeja de forma sorprendente, por las actividades de sus habitantes y la tipología de los mismos, a una ciudad contemporánea. Se alquilaban carros, existía el agua corriente y la mujer estaba emancipada.

Cuando uno llega a las excavaciones de Pompeya se tiene la impresión de que los romanos acaban de abandonar la ciudad. Es prácticamente el único lugar arqueológico en el mundo que cuenta la vida cotidiana de hace dos mil años. Pompeya parece haberse parado en el tiempo. Como en un filme, Angela nos descubre esas pequeñas cosas que se asemejan a nuestro mundo. En esa cuenta atrás de la tragedia, se comienza a las ocho de la mañana del 22 de octubre del 79 d.C., cuando faltan 53 horas para la erupción, que se produce en otoño y no en verano como siempre se ha narrado. La vida de Pompeya durante tres días la reconstruye Alberto Angela con siete supervivientes que históricamente han existido, con sus nombres y apellidos, a los que sigue paso a paso en un recorrido que se puede hacer todavía hoy por calles, casas y locales públicos.

Plinio el Joven y sus cartas

Nos encontramos así con Plinio el Joven, un superviviente que describió la erupción en sus dos famosas cartas dirigidas a Tácito. Plinio habla de la villa de la citada Rectina perteneciente a la élite romana, que también se salvó, al igual que el joven Aulio Furio Saturnino, miembro de una de las más conocidas familias de Pompeya que hacía negocios con ella. Se salvará Flavio Cresto, un liberto que va a jugar a los dados a un casino de Pompeya. Se salva también Tito Suedio Clemente, inflexible tribuno enviado a Pompeya por el emperador Vespasiano para concluir la revisión del Catastro. Por el contrario, poco clemente fue la suerte con la señora Giocondo: ese día había organizado un viaje a su granja fuera de Pompeya. Su marido, el banquero Lucio Cecilio Giocondo, había recibido a una señora rica en su oficina del Foro para gozar de la vida. Pero su esposa no saldrá ya nunca más de la granja, sepultada por la lava, gas y magma.

Siguiendo los pasos de estos supervivientes se descubre una Pompeya de nuevos ricos, habitada sobre todo por ex-esclavos, que habían encontrado su nuevo estatus social y económico en el comercio. Era un lugar también de excesos, con una treintena de burdeles, una ciudad en crisis: antes de la erupción se habían producido terremotos y el último había impedido a la ciudad surtirse de agua desde hacía meses.

Falta mucho aún por descubrir

Un breve lapso de tiempo ha constituido la diferencia entre la vida y la muerte. Quienes eligieron la fuga en las primeras horas desde que se inició la erupción tuvo la posibilidad de escapar. Por el contrario, los que dudaron o decidieron esperar que el Vesuvius se calmara permaneciendo en la ciudad, encontró la muerte. La mayor parte de los habitantes de Pompeya murió, porque ninguno esperaba tal catástrofe, y cuando lo comprendieron era demasiado tarde. El poeta Cesio Basso podría haberse escapado. El propietario del «hotel» donde se hospedaba, Cossio Libano, viendo las primeras nubes elevarse en el cielo, comprendió enseguida la dimensión de la tragedia que se abatía sobre Pompeya y tuvo tiempo para organizar tres carros y salvar a su familia. Ofreció un puesto al poeta Basso, que lo rechazó.

En un radio de 12-15 kilómetros el territorio en dirección a Pompeya quedará bajo un espesor de tres metros de lava. Cambiará la conformación de la costa, sepultará Herculano bajo veinte metros de fangos volcánicos y Pompeya bajo casi seis metros de lava, piedra pómez y cenizas. Pocos habitantes se salvaron, solo aquellos que se marcharon de inmediato. Datos ciertos sobre los muertos nos los hay, pero se estiman entre ocho y diez mil en Pompeya y de tres mil a cuatro mil en Herculano. El primer esqueleto se encontró el 19 abril 1748, y hasta hoy se han descubierto 1.047 en Pompeya y 328 en Herculano. Falta mucho aún por descubrir.

"El último día de Pompeya", Karl Brullov 

Era otoño y no fue el Vesubio

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Comentario por Jose Luis Juarez Cabrera el enero 11, 2015 a las 9:45pm

¿Ha salido ya en España? 

Comentario por Guillermo Caso de los Cobos el enero 12, 2015 a las 1:31am

No me consta que haya salido en España por ahora.

Saludos

Comentario por Alicia M. Canto el enero 12, 2015 a las 9:04am

Se necesitan muchas pruebas seguras para contradecir a un testigo de la erupción, además hombre culto y escritor, cuando aseguró que comenzó "el 24 de agosto [del año 79], entre las 2 y las 3 de la tarde". Aquí las dos cartas de Plinio el Joven con su relato de lo vivido. Otros autores, como Dión Casio y Zonaras, la pusieron "al final del verano", pero hay más autores y documentos. 

Me da la sensación de que estas ideas proceden de un documental de Discovery Magazine de los años 2006 o 2008, no lo recuerdo bien. Pero recomendaría cautela.

Comentario por Jose Luis Juarez Cabrera el enero 12, 2015 a las 9:30pm

Gracias Guillermo y Alicia

Comentario por David Montero el enero 13, 2015 a las 9:19am

La cosa parece uno de los clásicos enigmas históricos a los que se dan vueltas y vueltas. Como dice Alicia Canto, para poner en duda un testimonio tan serio como el de Plinio hay que presentar indicios muy fuertes. No creo que la ropa o los braseros lo sean, ni creo que el error de copistas sea plausible -se trata de cambiar el mes del año-, pero el tema de los datos agrícolas me parece casi tan fuerte como el prestigio de Plinio. Habría que ver si la evidencia de estos restos es segura o un mero indicio.

Si no fuera por la portada del libro estoy por comprármelo (que Pompeya era una de mis pasiones infantiles). Pero, la verdad, esa portada parece de  "Misterios misteriosos de la Historia: Los OVNIs y Pompeya". Creo que me lo compraré, de todas formas. 

Comentario por Raúl Villanueva el enero 13, 2015 a las 11:38am

Con relación a esto.

"Además, se ha encontrado un gran número de castañas, típicamente del otoño, y nueces y granadas, que habitualmente se recogen entre septiembre y octubre. Los arqueólogos han descubierto terrenos agrícolas que producían vino, y la vendimia, que se realiza en otoño, ya había concluido cuando llegó la erupción".

En mi opinión no me parece argumento sólido.  Se pretende llevar un 24 de agosto documentado por Plinio a otro 24 pero de octubre, es decir: dos meses más tarde en base  a la maduración de los frutos. 

En mi finca situada en As Rías Baixas (Pont.) tengo un nogal que ya en los últimos diez días de agosto empieza a dejar nueces por el suelo.  Los vecinos que cultivan vino tienen por costumbre vendimiar entre la última semana de agosto y la primera de septiembre.  La fuente del pueblo tiene un hermoso castaño que curiosamente también en los últimos días de agosto ya se cojen unas buenas y maduras castañas por sus alrededores.  Granado.  Tengo uno en la finca donde el fruto aparentemente maduro por tamaño y color (no lo recojemos, solo como ornamentación) también a finales de agosto.   Por lo tanto nada me dicen esas conclusiones de cambio de fechas (¡dos meses!) salvo, que puede ser, tengamos por esta zona un microclima muy distinto al de Pompeya en momentos romanos.  

No me satisface las argumentaciones, al menos en parte, que se comentan en el artículo.

Comentario por David Montero el enero 13, 2015 a las 12:44pm

Claro, Raúl: 

Habría que ver los datos (estadísticos si es posible) de las fechas de recolección y vendimia en la zona del Vesubio y en el siglo I. Complicado asunto, que no sé si el sr. Angela habrá llevado a cabo. Por eso decía yo que no sé si se basa en meros indicios. Necesitaríamos leer el libro, que de artículos periodísticos me fío poco. Y, al fin y al cabo, Angela no es más que un periodista divulgador y estrella televisiva, que yo sepa. 

Comentario por María Jesús el enero 13, 2015 a las 4:39pm

Coger, recoger, recogemos, recogen, cogen.

Comentario por Raúl Villanueva el enero 13, 2015 a las 5:21pm
Comentario por Raúl Villanueva Hace 1 segundo

Si, David, el tema es algo complicado, pero es que retrasar dos meses en base a una maduración de frutos cuando sí se puede dar en la fecha que dejó escrito Plinio el Joven se me hacía raro, salvo climatologias distintas en aquellos momentos que el sr. Angela, supongo, habrá demostrado.  Lo del Vesuvio podrá ser ya que metros antes de llegar a lo alto del volcán se puede ver una plataforma cerrada parcialmente de otro volcán anterior que le llaman M. Somma por el valle del Gigante, pero eso, geólogos y vulcanólogos lo tendrán ya muy estudiado y sabrán cual fue el que estuvo en erupción cuando el desastre de Pompeya y pueblos vecinos.  S2

pd)  María Jesus, tomo nota.  "Jracias". 

Comentario por María Jesús el enero 13, 2015 a las 5:44pm

Jejeje, muy ingenioso, Raúl, jeje.  De nada.  Es mi trabajo.

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