Los muertos del Vesubio sufrieron más de lo que se creía: les hirvió la sangre y les estalló el cráneo

Incrustaciones minerales rojas y negras detectadas en los cráneos de las víctimas. A. Cráneo de niño que muestra un área redonda con gruesos residuos minerales rojos incrustados en el hueso parietal derecho; A1. Superficie ósea interna de un fragmento parietal con incrustación de residuos minerales rojos; B. Cráneo que muestra manchas oscuras y residuos negros incrustados (flecha blanca) en los huesos parietales y temporales; B1. Restos de un individuo adulto; C. Cráneo de un joven que muestra áreas manchadas oscuras y suturas abiertas carbonizadas (flechas negras); C1.  Cavidad intracraneal que muestra un límite claro (flechas blancas y negras) entre una zona interna sin cambios de color (a) junto a una zona teñida en negro (b).

El desastre natural acaecido en Pompeya tras la erupción del Vesubio en el 79 a. C. ya fue señalado por Marco Valerio Marcial, pocos años después, en algunos de sus versos que incluía en «Epigramas»: «Todo yace sumergido en llamas y triste ceniza. Ni los dioses hubieran tenido poder para hacer algo parecido». Desde entonces, aquella catástrofe se ha contado innumerables veces e investigado otras tantas, apareciendo nuevos datos de cómo fueron las últimas horas en la antigua ciudad romana hasta épocas muy recientes.

El descubrimiento de esta ciudad en el siglo XVIII bajo metros de ceniza ya abrió una ventana inédita para conocer la vida cotidiana en la antigua República (509-27 a. C) y descubrir la capacidad de destrucción de los fenómenos naturales. Tanto impresionó su hallazgo que varios músicos, artistas, investigadores y escritores como Goethe, Stendhal, Picasso, Mozart, Cocteau, Klee y Freud viajaron hasta el sur de Italia para encontrar respuestas bajo la montaña asesina.

Un último descubrimiento ha sido publicado en la revista PLOS One. El estudio ha revelado que algunas de las víctimas sufrieron una muerte mucho más horrible de la que se creía. En concreto, un grupo de unos 300 habitantes que se refugió en 12 cámaras frente al mar cerca de la ciudad de  Herculano. Ocurrió poco después de que comenzara la erupción entre las 11 y las 12 de la mañana del 24 de agosto con una pequeña explosión de vapor. Al principio, esta solo provocó una lluvia de ceniza fina al este del volcán que, probablemente, puso en alerta a las ciudades y las villas más cercanas.

"Últimos días de Pompeya", obra realizada por Karl Briulov entre 1830 y 1833. Óleo sobre tela de 456.5 x 651 cm. exhibido en el Museo Estatal Ruso de San Petersburgo, Rusia.

Aunque en un primer momento este grupo consiguió huir, todo cambió cuando se produjo la erupción principal al mediodía, con una explosión mucho mayor que lanzó una columna de piedra pómez hasta una altura de entre 15 y 30 kilómetros, sumiendo a los asentamientos ubicados bajo la nube en la más absoluta oscuridad. Tal y como contó  Plinio el Joven, testigo ocular del desastre, en unas cartas dirigidas al senador Cornelio Tácito: «Recorrimos con ojos todavía atemorizados los objetos sepultados en una profunda capa de ceniza como si se tratase de nieve».

No fue solo Pompeya y sus 20.000 habitantes los que finalmente quedaron sepultados bajo aquel manto de piedra derretida. También sufrieron ese destino Oplontis, ciudad balnearia; Boscoreale, el pequeño puerto de Estabia y, por último, Herculano, la ciudad marítima de 5.000 habitantes situada más al norte.

Excavaciones de Pompeya en 2003 - ABC

Casi 2.000 años después, los restos de un centenar de aquel grupo de Herculano han sido analizados por un equipo de científicos italianos que han determinado cómo fueron sus últimos instantes antes de morir. Las investigaciones han sido realizadas por un equipo de arqueólogos de la Universidad Federico II de Nápoles, que determinaron que la avalancha de flujos piroclásticos que les cubrió —compuestos de material volcánico y gases venenosos con 1000 grados de temperatura, y que pueden alcanzar velocidades de hasta 700 kilómetros por hora tras la erupción— provocó que les hirviera la sangre y que sus cabezas explotaran.

Molde de uno de los fallecidos en PompeyaABC

Llegaron a esta conclusión tras el análisis de los huesos, cuyos resultado sugirió que en este centenar de víctimas se repitió, según refiere literalmente el informe, «un patrón generalizado de hemorragia inducida por el calor, aumento de la presión intracraneal y estallido del cráneo».

En los restos óseos descubrieron un detalle que otros investigadores anteriores habían pasado por alto: un polvo negro y rojizo que impregnaba los huesos. Investigaciones precedentes aseguraban que dicho residuo se genera al quemar huesos cerca de objetos metálicos, lo que coincidía con el hecho de que ese polvo albergara partículas de hierro.

El estudio posterior del material a través de una espectroscopía de plasma reveló, sin embargo, que los residuos estaban compuestos mayoritariamente de óxido de hierro, pero que los restos humanos no habían estado en contacto con objetos metálicos. Un dato importante al que se suman también las evidencias encontradas de que los cráneos acabaron reventados debido, probablemente, a la vaporización de la materia cerebral.

Pompeya

El estudio de la universidad napolitana también concluye que las primeras víctimas se produjeron en Pompeya como resultado del derrumbe de los techos y los pisos de las casa por la acumulación de piedra y cenizas en sus tejados. Una angustia que Plinio el Joven ya describió en sus cartas con pasajes tan detallados como este precisamente de Herculano, la ciudad donde falleció su tío Plinio el Viejo: «Una nube negra y espantosa, desgarrada por ardientes vapores que se retorcían centelleantes, se abría en largas lenguas de fuego, semejantes a los relámpagos, pero de mayor tamaño».

Arqueóloga limpiando un cráneo en Pompeya en agosto de 2018ABC

O este otro que podía leerse a continuación: «Volví la vista atrás: una densa nube negra se cernía sobre nosotros por la espalda y nos seguía como un torrente que se esparcía sobre la tierra [...]. Podías oír los lamentos de la mujeres, los llantos de los niños, los gritos de los hombres. Unos llamaban a sus padres, otros a sus hijos, otros a sus mujeres, e intentaban reconocerlos por sus voces. Unos se lamentaban de su destino, otros del de sus parientes. Había algunos incluso que por temor a morir, pedían la muerte. Muchos rogaban ayuda a los dioses, otros, más numerosos, creían que ya no había dioses en ninguna parte y que aquella noche sería eterna, la última del universo».

Efectos térmicos sobre la cavidad craneal: A. Cráneo de un hombre adulto que muestra manchas oscuras en la zona ósea intracraneal. B. La superficie interna del hueso cambia progresivamente de amarillo pálido a negro (α – γ). C. Residuos pardos incrustados en los surcos vasculares. 

La mayoría de aquellos habitantes de Herculano y los de las otras ciudades cercanas no pudieron huir a tiempo y fueron aplastados por las nubes piroclásticas. Sin embargo, según el investigador principal de la Universidad Federico II, la muerte de los habitantes de Pompeya fue «menos trágica». «En esta ciudad, ubicada a unos 10 kilómetros del volcán, la temperatura fue más baja, de entre 250 y 300 grados centígrados. Fue suficiente para matar a las personas al instante, pero no como para vaporizar la carne de sus cuerpos», explicó a la revista Newsweek.

Fuente: abc.es | 11 de octubre de 2018

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