Posible ruta que siguieron los primeros Homo sapiens que salieron de África hace aproximadamente 80.000 años, y su establecimiento en el valle de Edén, el actual Golfo Pérsico.

 

Cuando comencé la reescritura de este capítulo en mi cerebro tomo forma una nueva palabra, se me ocurrió googlearla y en todos los casos google la transformaba en atenienses, al parecer en internet no había una sola referencia a ese nuevo vocablo. Se me había ocurrido darle nombre a una nueva cultura en la prehistoria: los edenienses.

Probablemente algunos piensen que estoy creando un nuevo género literario: la Arqueología-ficción o la Arqueología especulativa. Podría sostener que habría una diferencia ontológica importante entre esos enunciados y la serie de datos en los que fundamento esta hipótesis.

Desde hace décadas se sabe que el actual Golfo Pérsico durante el Pleistoceno y en el inicio del Holoceno fue un valle con lagos y lagunas atravesado por un río. Como he referido el nivel de los mares era más de 100 metros inferior a los niveles actuales y durante la era glaciar este gran valle fue un refugio cálido. La flora y la fauna encontraron varios mosaicos ecológicos donde desarrollarse. Datos genéticos del ADN mitocondrial que se transmite por línea materna y el cromosoma Y que transmiten los varones [1], prueban que la especie más oportunista de todas también se estableció durante largos milenios en ese gran oasis.

Contra todas las creencias actuales, los mitos, cuando sus fuentes se sumergen más profundamente en la prehistoria más se acercarían a la verdad. La idea que el primer libro del Génesis bíblico es solo un racimo de leyendas y cuentos maravillosos sería una definición cuestionable. Donde suele haber distancias insalvables entre los mitos con nuestros actuales conocimientos, es en la explicación de los hechos, mientras que suele haber una analogía entre la descripción de los episodios y nuestras  actuales visiones.

El mito del Jardín del Edén está muy presente en nuestra civilización occidental, pues cuando encontramos un lugar de gran belleza y abundancia solemos decir que estamos ante un Jardín del Edén. Una de las hipótesis de este libro es que ese concepto no se refiere a una leyenda o una mítica edad de oro, sino a un grato recuerdo que la humanidad guarda de ciertos sucesos que se pierden en las brumas de la prehistoria. La idea está en el aire, en tres casos he detectado un lapsus, ya que en distintos libros los autores  comentan como al pasar, en dos casos la presencia de huertos y en un caso huertos de frutales plantados con esquejes. Los autores parecen no tomar conciencia de la entidad de lo que refieren, están hablando de experiencias previas a la agricultura conocida, de cultivos que se habrían desarrollado en el Mesolítico.

A todo lo largo de este texto he descrito varios mitos, entre ellos, el bíblico Jardín del Edén, y el mito de Enki y Ninhursag de origen sumerio; ambos nos hablan de notables episodios que habrían transcurrido en esa geografía. El mito del Edén es transparente al describir huertos de árboles frutales:

 

Génesis 2 8-9

Y Jehová Dios plantó un huerto en

Edén, al oriente; y puso allí al hombre

que había formado.

Y Jehová Dios hizo nacer de la tie-

rra todo árbol delicioso a la vista y

bueno para comer; también el árbol

de la vida en medio del huerto, y el

árbol de la ciencia del bien y del

mal.

 

Génesis 2-15

Tomó, pues, Jehová Dios al hom-

bre, y lo puso en el huerto de Edén,

para que lo labrara y lo guardase.

 

…y nombrar como protagonista de este drama a una mujer:

 

Génesis 3-6

Y como viere la mujer

que el árbol era bueno para comer,

apetecible a la vista y excelente para

lograr sabiduría, tomó de su fruto y

comió, y dio también a su marido,

que igualmente comió.

 

En la economía de los cazadores-recolectores las mujeres siempre se ocuparon de recolectar plantas comestibles, entonces de acuerdo al relato del Jardín del Edén, las mujeres devinieron de recolectoras a agricultoras de jardines, una forma muy distinta a la agricultura extensiva de una sola especie de herbácea (como el trigo, el centeno y la cebada) que damos como un hecho cuando nos referimos a la agricultura.

 

Representación artística de una palmera datilera, árbol esencial de esta nueva economía

 

En el capítulo: El segundo relato, he descrito algunos aspectos de cómo podría haber sido esa nueva economía creada por las mujeres. Como he basado mi hipótesis en hechos descritos por los mitos y su posible correspondencia con datos aportados por la ciencia en las últimas décadas, considero necesario buscar en el registro arqueológico pruebas tangibles de esa remota economía. Si la primitiva agricultura nació hace 30.000 años en una zona que hoy está ocupada por las aguas del Golfo Pérsico, hasta que no haya una forma de explorar esos fondos someros será imposible encontrar algo en el registro arqueológico; por otra parte ¿por qué no se extendió a otras zonas durante ese vasto período de tiempo? La última pregunta se puede responder por las severas restricciones que el clima glacial impuso en la mayor parte de Eurasia hasta los comienzos del Holoceno, hace más de 13.000 años. Pero nuevos datos, en la meseta de Anatolia, en Catal Höyük, probarían la existencia de un estadio tardío de lo que he llamado la economía de los cazadores-agricultoras. Y en los últimos años ha aparecido algo nuevo, un descubrimiento arqueológico sobre las plantas cultivadas más antiguas encontradas hasta ahora, las plantas son árboles de higuera, y pueden ser la prueba material sobre la existencia de esta nueva economía. Describiré con más detalle este trascendental descubrimiento en el siguiente capítulo.

Vuelvo al ejemplo de la paralela cultura gravetiense, de la que hay restos arqueológicos; esta cultura surgió también hace 30.000 años y su incipiente gestión de excedentes no parece haber cambiado demasiado sus comunidades durante la larga edad de hielo. El Homo sapiens, desde su aparición en Africa hace 200.000 años, no cambió su forma de interactuar con su medio ambiente hasta hace muy poco, ese último lapso que comienza con el Holoceno, hace 10.000 años. Ya he planteado que durante un breve período anterior al Holoceno, de 20 a 30.000 años, las comunidades humanas vivieron en un estado de equilibrio con su medio ambiente, a pesar de un conjunto de crecientes habilidades nuevas, un equilibrio que se rompió en pedazos después del referido comienzo del Holoceno, quizás por las traumáticas experiencias originadas por las sucesivas catástrofes climáticas y geológicas, que acompañaron los comienzos del  período Neolítico. En el Poema de Gilgamesh, parece haber un eco de esas rupturas, en el pasaje del bosque de los cedros donde los dos protagonistas matan al demonio Huwawa, el espíritu protector del bosque y vuelven a Uruk llevando un cargamento de la madera de los cedros con un evidente fin económico.

 

Tablilla  V - Columna VI

(...) habían cortado cedros;

(...) la marca hecha sobre sus cortezas.

Gilgamesh abatió árboles,

mientras Enkidu cogía aquí y allá los troncos

Enkidu, abriendo su boca, tomo la palabra y dijo a

Gilgamesh:

Amigo mío, hemos abatido un cedro gigante,

cuya copa horadaba los cielos.

Voy a hacer una puerta de seis ninda de altura,

dos de anchura,

con un grosor de un ammatu. Que su gozne, su

pivote inferior y su dintel sean

de una sola pieza.

Que sea transportada a Nippur, el Eufrates la

podrá llevar. ¡Que en Nippur reine la alegría! [2]

 Bajorrelieve asirio donde se ven barcas transportando troncos en el Eufrates   

Volviendo a la creación de la primitiva agricultura, esa ausencia de huellas, más allá que el valle de Edén esté hoy sumergido a decenas de metros bajo el mar, parece decirnos que durante mucho de ese tiempo, las cosas simplemente fueron cambiando muy lentamente. La primitiva agricultura quizás nunca fue ensayada en forma intensiva sino como parte esencial de esa incipiente economía, de esta forma pudo ser la base energética de esas comunidades, y al tener esos recursos disponibles durante mayor tiempo pudo permitir una mayor eficiencia en las partidas de caza. Y como voy a reiterar, se basaba en plantas perennes y en una gran diversidad o sea que no requería de grandes cuidados y sus frutos (la energía o los medios de existencia) se repartían igualitariamente entre todos los integrantes de la comunidad.  Los huertos complejos producen cientos de plantas comestibles y basan en esa complejidad, la seguridad alimentaria de esas comunidades.

Plantar un huerto perenne requiere de una inversión energética mayor, en su primera etapa, que los gastos energéticos de la recolección en la economía de los cazadores-recolectoras, pero luego el gasto energético de recorrer largas distancias y el peligro latente de enfrentarse con peligrosos depredadores, en las tareas de recolección y transporte de los frutos hasta el campamento, se ve compensado por la concentración espacial de las plantas perennes en las cercanías del campamento. En esa gestión de excedentes fue posible almacenar una serie de recursos, como las nueces, algarrobas, castañas, pistachos, higos y dátiles desecados, que se agregaron a la carne de caza en salazón o secada al sol. Esos excedentes al estar controlados por las mujeres, mantuvieron parte de las relaciones sociales de la economía de  los cazadores-recolectoras. La tierra donde se asentaba la comunidad era de propiedad comunal (como lo sigue siendo en algunas culturas no occidentales) y la emergencia de los terribles conflictos que trajo la propiedad privada, estaban muy lejanos en el futuro. Pero eran homo sapiens como nosotros y tenían que arreglárselas con otras limitaciones que siempre acompañan a nuestra especie. Quizás nuevos datos más precisos sobre el entorno físico, sobre cambios climáticos y la disposición de agua en el valle de Edén y nuevos datos arqueológicos, nos ayuden a reconstruir mejor la secuencia de la creación de la primitiva agricultura.

Datos de la arqueología, el clima y el estudio de diversas fuentes míticas pueden darnos algunas posibles imágenes sobre los últimos milenios de esas comunidades establecidas en Edén. Hace 18.000 años la glaciación Wurm alcanzó su punto más álgido. Restos de la cultura gravetiense, en las llanuras rusas, indican que al acercarse a los inicios del Holoceno, hubo cambios en la distribución de la caza almacenada en los depósitos al nivel del permafrost, donde el tamaño de algunos depósitos y su ubicación cercana a una de las tiendas de huesos de mamut parecen sugerir la aparición de una incipiente desigualdad social. En Edén por el momento no hay datos arqueológicos, pero sabemos algo de lo que ocurrió luego de la inundación que dio forma al Golfo Pérsico, aparece en un breve período, la cultura ubaidiense, a la que sigue la ciudadela de Eridú que dio comienzo a la civilización Sumeria; todos sus mitos hablan que ese fue el sitio de origen de la primera civilización conocida de la historia. Por todo lo descrito en este libro, el legado más importante de la cultura de Edén debió ser la agricultura y reitero una vez más la figura de los siete sabios que emergieron del mar Rojo y transmitieron, entre otras cosas la agricultura, los míticos Apkallu. Y en torno a esos monstruos legendarios está la figura de Enki, el dios de las técnicas y entre esas técnicas podríamos imaginar un núcleo de saberes que tuvieron  su origen en los últimos milenios de la cultura de Edén. Una enunciación de esas técnicas podríamos encontrarlas en el mito sumerio Inanna y Enki [3]; en él   la diosa Inanna, de la emergente ciudad de Uruk, visita  a Enki quién reside en Eridú, y durante un banquete, el dios que se ha excedido con la cerveza, le concede  los poderes, entre los cuales están enumeradas algunas de esas tecnologías.  ¿No será parte de estos mitos otra forma velada que encubre el arcaico papel de las mujeres?

Imágenes de Apkallus en torno a un árbol sagrado. La digitalización muestra un fragmento de un sello neo asirio

 

Hay un grupo de evidencias sobre lo que sabemos de los dramáticos cambios producidos a fines del Pleistoceno e inicios del Holoceno, lo que nos permite intentar construir una secuencia sobre los hechos de ese pasado. También tenemos esos datos genéticos sobre un prolongado establecimiento, de un grupo de los primeros homo sapiens que salieron de Africa, en la zona ocupada por el actual Golfo Pérsico. Los mitos sumerios y particularmente el libro del Génesis bíblico parecen coincidir en parte de esa secuencia. He tratado de establecer que el mito del Diluvio, común a ambas tradiciones, se corresponde con el anegamiento que formó al actual Golfo Pérsico y allí surgen algunas divergencias con los relatos míticos.

En el gran asentamiento de Catal Höyük, situado en la meseta de Anatolia hace 9.000 años,  los restos abarcan un espacio de 10,5 hectáreas junto a un río y unas dos mil viviendas, que estaban asentadas sobre el lecho seco de un gran lago. Los lagos van concentrando, a lo largo de cientos o miles de años, en distintos estratos de sus lechos los restos de miríadas de criaturas que han vivido en sus aguas, aumentando el contenido de minerales en forma constante, características que permiten suponer suelos muy fértiles en esa planicie llamada Konya. Otra importante fuente de minerales fue la presencia de volcanes activos en las cercanías, que con sus periódicas erupciones cubrieron con cenizas ricas en minerales, la extensa planicie. Estos suelos y la presencia de un río, tornó muy atractiva esa geografía para el establecimiento de grupos humanos. Hasta 8.000 personas vivieron allí. El poblamiento de zonas más elevadas tuvo que ver con las reiteradas catástrofes en las tierras bajas, particularmente en las costas, durante la inter fase Pleistoceno-Holoceno.

Un conjunto de datos describen una sociedad sin marcadas diferencias entre ambos sexos [4], es en el arte y las representaciones simbólicas donde aparecen algunos contrastes. Un eco de las pinturas rupestres se encuentra en las pinturas murales en el interior de las viviendas de adobe, erigidas unas contra otras en una particular urbe sin calles, ya que el tránsito se realizaba sobre los techos contiguos de las apretadas moradas, a las que se ingresaba desde los tejados mediante escaleras. En esas pinturas murales aparecen escenas de caza donde es protagonista la figura del toro, el uro salvaje. En las pocas pinturas que representan a las mujeres se las ve recolectando plantas. Se han encontrado dos estatuillas de mujeres, una sentada en una especie de trono dentro de un granero y otra figurilla con una semilla de una planta silvestre incrustada en su espalda.

Este parece un estadio tardío de una economía de cazadores-agricultoras hacia la agricultura de cereales, según registros arqueológicos de 18 niveles de estratificación, de los cuales se han analizado la ocupación de los cuatro niveles superiores. Sería importante el análisis estratigráfico de los niveles inferiores. Esa economía basada en una parte, de la caza de herbívoros, debió prosperar apoyada en los recursos vegetales aportados por la agricultura de las mujeres en ese nuevo escenario de una población sedentaria.

 

Pintura mural en Catal Höyük

 

En Catal  Höyük, en sus referidas representaciones artísticas, hay un relato que podría anticipar un tema esencial del posterior Génesis bíblico, cuando se muestra con particular intensidad, el mundo de la caza en contraste con la incipiente agricultura que va ganando terreno en la economía de los niveles más recientes; el cultivo de la tierra es una tecnología que no es celebrada en las imágenes pintadas en los muros, esto podría ser un reflejo de un sentimiento negativo que tenían las crecientes comunidades con la labores de la tierra en los albores del Neolítico, lo que está claramente relatado en el libro del Génesis en dos episodios ya suficientemente reiterados. Es una agricultura con graneros y hornos para cocer tortas de harina y sal.

[1] Stephen Oppenheimer, “Los senderos del Edén”, Crítica, página 95.

[2] Federico Lara Peinado, “Poema de Guilgamesh”, Editorial Tecnos, páginas 84-85.

[3] Jean Bottéro y Samuel Noah Kramer, “Cuando los dioses hacían de hombres”, Editorial Akal, páginas 246-272.

[4]  Investigación y Ciencia, Ian Hodder,  “La división sexual en Catal Höyük”, número 330

Fragmento del capitulo: La economía de los cazadores-agricultoras, de, El Jardín del Edén. Cómo las Mujeres Crearon la Agricultura.

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