La carrera para salvar los tesoros arqueológicos de Siria

Toro alado con cabeza humana, siglo VIII a.C., palacio real asirio de Jorsabad. El año pasado, el Estado Islámico arrasó los restos arqueológicos de la ciudad. (Composición de la imagen, izquierda: Marshall Ikonography/Alamy Stock Foto; derecha: Baraa Al-Halabi/AFP/Getty Images).

Fuente: James Harkin Smithsonian Magazin | 9 de marzo de 2016

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández.

Avanzamos cuidadosamente, como de puntillas, alrededor de la escena del crimen a través de una serie de hermosas arcadas hacia las estrechas callejuelas del antiguo zoco de la medina, que con sus más de doce kilómetros de longitud era uno de los mercados cubiertos más esplendorosos de todo Oriente Medio, en el que se vendía de todo, jabón, especias, joyas, zapatos, cerámicas, textiles, etc. Los comerciantes de Europa, China e Irán, de Iraq y Egipto, se reunían desde el siglo XIII aquí, en Alepo, Siria, para vender sus mercancías. Durante todo ese amplio período de tiempo, los viajeros se sumergieron y solazaron en los ornamentados baños turcos o hammam. La última vez que estuve paseando por el zoco, hace cinco años, apenas podía moverme en medio del bullicio.

Ahora es tan sólo un páramo vacío, una zona de guerra. Las entrañas de las antiguas construcciones –amasijos de hormigón y refuerzos de metal- asoman por los techos o cuelgan a los lados como sin fuerza. Muchos se vinieron abajo por la acción de los morteros o se abrasaron con el fuego que vino a continuación hasta convertirse en cáscaras enengrecidas. Algunas de las antiguas bóvedas que atravésabamos parecían a punto de desplomarse. La pared de una vieja mezquita aparecía repleta de agujeros y su cúpula se había desmoronado como un pastel de hojaldre al desinflarse. En más de una hora caminando por el mercado, los únicos habitantes no militares que veo son dos gallos que discurren en fila india picoteando cuidadosamente entre los cristales rotos. Aparte del fragor de los proyectiles de mortero golpeando el suelo en otros lugares de la Ciudad Vieja y la ocasional ronda de disparos, hay pocos sonidos que no procedan de los golpetazos y crujidos del acero y la destrozada mampostería, semejando siniestros llamadores de viento.

El zoco se halla dentro de los muros del centro histórico de la ciudad de Alepo, uno de los seis lugares de Siria incluidos en el listado de Lugares Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Antes de que las protestas mayoritariamente pacíficas de 2011 contra el autocrático presidente sirio Bashar al-Asad se encontraran con la violencia de ese gobierno y degeneraran en una guerra civil devastadora, que ha matado al menos a un cuarto de millón de personas y desplazando a más de once millones, el país era uno de los más hermosos del planeta hasta ese momento. Gran parte de su encanto procedía de sus abundantes antigüedades, que no estaban valladas ni encerradas como en las capitales europeas sino que se extendían sin ceremonias alrededor formando parte del espacio dinámico de la vida cotidiana. El país, situado en la encrucijada de Europa, África y Asia, puede presumir de albergar decenas de miles de lugares de interés arqueológico, desde las ruinas de nuestras más tempranas civilizaciones a las fortificaciones de la era de las Cruzadas y a las maravillas del arte y el culto islámico.

Ahora, esas antigüedades están en su mayoría bajo amenaza inminente. Algunas de las más valiosas han sido destruidas como daños colaterales en los bombardeos y fuego cruzado entre las fuerzas del gobierno y diversas facciones rebeldes; otras han sido vendidas, pedazo a pedazo, para comprar armas o probablemente comida o una forma de escapar del caos. Las imágenes por satélite de los atesorados lugares históricos muestran el suelo tan completamente salpicado de agujeros, resultado de los miles de excavaciones ilícitas, que semejan la superficie de la luna; destrucción y caos, como la directora general de la UNESCO, Irina Bokova, expresó el otoño pasado, a una “escala industrial”.

Y ahí tenemos también al Estado Islámico, o ISIS, el grupo terrorista cuyas conquistas de inmensas franjas de territorio primero en Siria y después en Iraq han convertido la destrucción del patrimonio en un nuevo tipo de tragedia histórica. Como muestran los videos difundidos alegremente en la red por su infame rama de propaganda, los militantes del EI han atacado objetos de incalculable valor con martillos neumáticos, arrasado las galerías y museos que albergaban colecciones históricamente únicas y explosionado lugares históricos en el territorio que controlan con efectos escarificadores. El pasado mayo, cientos de combatientes del EI invadieron otro lugar acogido por la UNESCO en Siria, la antigua ciudad de Palmira, famosa por sus ruinas de la época romana.

Ante la escala monumental de las pérdidas arqueológicas del país, sería fácil sucumbir al fatalismo. Pero sería un gran error. Se ha conseguido salvar mucho y aún puede hacerse mucho más. De forma clandestina, grupos de hombres y mujeres trabajan muy duro para trasladar las antigüedades de los lugares donde pueden sufrir daños, sustentando construcciones en peligro y documentando los daños con la esperanza de poder hacer algo después para repararlos. Como periodista británico-irlandés fascinado por Siria desde hace mucho tiempo, he estado cubriendo la guerra desde sus inicios: en ocasiones con visados del régimen sirio, en otras empotrado con las fuerzas rebeldes antigubernamentales en el norte del país. En estos momentos estaba decidido a investigar de primera mano la destrucción de los bienes culturales, por eso pedí permiso al régimen sirio para desplazarme hasta Alepo y reunirme con destacadas personalidades que luchan contra tal destrucción; para mi sorpresa, las autoridades me dieron el sí.

Alepo es la ciudad más grande de Siria y su Ciudad Vieja, desde hace tres años campo de batalla entre el ejército sirio y los rebeldes armados, ha sufrido la destrucción arqueológica más extensa. Un millar de puestos del antiguo zoco y 140 edificios históricos en el resto de la Ciudad Vieja han resultado tan dañados que no hay posibilidad de restaurarlos. Voy acompañado de una chaperona del ejército y en dos ocasiones nos vemos obligados a correr para evitar las atenciones de un francotirador. El gobierno, que reconquistó la Ciudad Vieja a los grupos rebeldes a principios de 2014, culpa a las milicias rebeldes de esa destrucción, pero no es así. Como muchos de los lugares históricos de Siria, los estrechos recovecos de la Ciudad Vieja y las fortificaciones naturales facilitan el camuflaje y ninguna de las partes ha desaprovechado la oportunidad de utilizar el lugar para conseguir ventajas militares. Hay sacos terreros amontonados en las intersecciones, convertidas ahora en puestos militares. Se ven trampillas por todas partes, que quizá llevaban antes a los túneles excavados por los rebeldes. Hay barreras improvisadas; en ciertos puntos, los cascotes llegan tan alto que tenemos que darnos la vuelta.

Baños turcos en el zoco de Alepo, ahora destruidos.

 

“No podemos perdonar la pérdida de nuestra cultura”, dijo un residente

 

(Jean-Baptiste Rabouan/Laif/Redux Pictures)

En el barrio residencial casi todos los lugares por los que pasamos están tan destruidos que resulta imposible repararlos; casas enteras de cinco pisos han sido arrasadas por el fuego y sus vigas se doblan por la mitad bajo el peso. Una antigua mansión de piedra construida en el zoco ha quedado reducida a gruesos trozos de mampostería, cada uno de unos cuantos pies de largo semejando ladrillos gigantes; sólo la puerta de metal, adornada con una placa de identificación, sigue en pie. Una mezquita de la época del sultanato mameluco, de la Edad Media, se alza ennegrecida, con grietas frescas en uno de los lados; en la biblioteca, hay libros arrojados al suelo, algunas estanterías vacías sugieren que otros han desaparecido. Todo cuanto queda está cubierto de hollín.

Caminando bajo un largo techo abovedado que serpentea a través de los restos del zoco, tropezamos con una cámara lateral alfombrada con una imponente estructura rectagular en su centro. De tres o cuatro metros de largo, y envuelta en mantas, se asemeja a un animal. La caja es el santuario de un famoso jeque y figura histórica llamado Ma’ruf Ibn Yamr. Aunque la arquitectura circundante, incluida una mezquita con la que se comunica, ha sido gravemente dañada, el interior del santuario del jeque se ha salvado. Mi intérprete, del ministerio de Información sirio, un quisquilloso hombre con gafas, cuyo tono de teléfono es la obertura de las Bodas de Fígaro de Mozart, explica la decisión del gobierno de mantenerlo aquí en vez de desmontarlo y trasladarlo a otro lugar por razones de seguridad. “Si lo trasladamos se deterioraría”, dice. También indica que no hay que perturbar los restos humanos ahí enterrados. “Es una tumba, hay que ofrecerle el debido respeto. Mantenerla aquí y proteger toda la zona es una opción mejor”.

A medida que avanzamos a través de los escombros, mi guía trata de mostrarse optimista. “Este es el corazón comercial de Siria”, me recuerda, y tal vez también se lo recuerda a sí mismo. “Puede reconstruirse”. Tendrán que trabajar duro para conseguirlo. La UNESCO estima que el 60% de la Ciudad Vieja ha sido destruido.

Llegamos ante un punto con vistas privilegiadas desde el que podemos observar, a tan sólo unos metros, la antigua ciudadela dominando el horizonte. El altiplano, de 45 metros de alto, fue poblado por vez primera en el tercer milenio a.C. Antiguos textos cuneiformes lo han identificado como el lugar de un templo dedicado al dios de las tormentas, Haddad. Según el Corán, Abraham subió una vez sus colinas para descansar y ordeñar su oveja. También se utilizó desde la época griega a la bizantina. En el siglo XII, el hijo de Saladino –el gran guerrero kurdo y fundador de la dinastía ayubida- cavó un foso y amplió el complejo construyendo murallas de piedra maciza que se han mantenido en pie hasta hoy. Ahora, bajo control del ejército sirio, la ciudadela es uno de los pocos lugares de Alepo que no ha sufrido excesivos daños.



A unos 500 metros de distancia se halla la joya de la Ciudad Vieja, la Mezquita de los Omeyas, que ha estado durante varios años en manos de los rebeldes islámicos. En abril de 2013, me encontraba en Alepo, en el lado rebelde de las líneas de batalla, viendo la televisión con combatientes indirectamente afiliados con el Ejército Libre Sirio, cuando llegaron noticias de que el hermoso e imponente minarete de la mezquita, construido en el año 1090, había sido destruido, al parecer por la artillería del gobierno. Inflamados con su propia propaganda, los rebeldes con los me encontraba condenaron la brutalidad del régimen sirio y su destrucción sin sentido de sus símbolos religiosos y lugares de culto.

Pero para una guerra son necesarios al menos dos bandos. Confío en poder echar ahora un vistazo a la mezquita, valorada como una de las más bellas del mundo musulmán, desde la zona de la ciudad bajo control del régimen. Después de que un amistoso oficial del ejército me permitiera ascender por su torre de vigilancia, subí ocho tramos de escaleras en la oscuridad, asomé la cabeza por una diminuta e improvisada torreta y ahí estaba, enmarcada en primer plano, bajo la ciudadela y las ruinas de la Ciudad Vieja, a menos de cien metros, en el territorio controlado por los rebeldes islámicos. Sus arcos son aún gloriosos y la mayor parte del edificio rectangular y patio elaboradamente decorado están intactos, pero una de sus dos cúpulas está perforada y su minarete de mil años yace derrumbado en una montaña de ladrillos.

En el Museo Nacional de Damasco, Ma’amun Abdulkarim, director de antigüedades y museos, me cuenta que su trabajo es ahora muy triste. “Cuando estás añadiendo nuevas colecciones, es una de las labores más bellas”, dice Abdulkarim, quien hasta 2012 había estado viviendo una existencia relativamente tranquila como profesor universitario en Damasco. Pero ahora no dejan de llegarle noticias sombrías cada día: “Soy el primero en recibir todos los informes sobre las destrucciones perpetradas y eso es muy duro a nivel psicológico”. El Museo Nacional es fruto de una tarea grandiosa que data del período de entreguerras del mandato colonial francés, y la amplia y elegante oficina de Abdulkarim tiene un aspecto espartano, escasamente amueblada, como si no tuviera tiempo para hacerla suya.

Nuestros caminos se cruzaron antes. En marzo de 2014, en la frontera turca con Siria, un facilitador local que pasaba periodistas de contrabando a la zona norte siria controlada por los rebeldes trató de involucrarme en el tráfico de antigüedades sirias robadas. Las fotos de sus saqueos mostraban una serie de vasijas de cerámica, una losa que parecía un bajorrelieve de piedra caliza y monedas con el rostro grabado de Zenobia, la reina siria de Palmira del siglo III que se puso al frente de una revuelta contra el Imperio romano. “Está mal hacer esto, pero tengo que seguir viviendo”, dijo el hombre encogiéndose de hombros. Me preguntó si yo podía ponerle en contacto con compradores estadounidenses con mucho dinero.

La UNESCO me facilitó una entrevista con Abdulkarim, quien, en una serie de conversaciones por Skype, culpó de la crisis a una “mafia arqueológica armada” que trabaja con las milicias rebeldes y prospera en medio del caos de la insurgencia armada. Su interés en la arqueología y conservación en los conflictos, me dijo, surgió al observar el robo extendido de antigüedades que siguió a la invasión de Iraq liderada por EEUU. Gran parte del saqueo terminó en el país de al lado, en Siria, donde, dijo, él y sus colegas hicieron cuanto pudieron para encontrarlo y devolverlo a Iraq.

Vestido con traje oscuro y corbata y flanqueado por un traductor debido a un nerviosismo fuera de lugar sobre su dominio del inglés, Abdulkarim me dedicó amablemente su tiempo. Nuestras conversaciones de video estuvieron salpicadas por sus risitas ante mis intentos de hablar árabe y francés; su diversión contrastaba con el palpable horror que sentía ante lo que estaba sucediéndole a su país.

Los edificios estatales sirios están por lo general engalanados con retratos oficiales de Bashar al-Asad, pero en la espaciosa oficina de Abdulkarim había escasa decoración política. Muchos de sus antiguos estudiantes trabajan en organizaciones activistas que apoyan a la oposición siria, y en estos momentos están intentando proteger las antigüedades ubicadas en áreas bajo control rebelde, a menudo con ayuda de gobiernos extranjeros. Cuando le dije que había hablado con Cheijmus Ali, un académico sirio en el exilio europeo que dirige una de esas organizaciones, su rostro se iluminó de reconocimiento y dijo orgullosamente que Ali era uno de sus antiguos estudiantes. “Ahora está en la oposición”, dijo Abdulkarim. “Es un hombre muy político, comprendo que hay distintas posiciones”. (Por su parte, Ali describe a su antiguo profesor como un buen hombre que trabaja para un mal régimen: “No puede decir toda la verdad. Quiere hacerlo, pero no tiene poder para decir que detener toda esa destrucción del ejército sirio”).

En contraste con las diferentes lealtades políticas, los arqueólogos de Siria no han dejado de trabajar juntos por el bien común. Una reciente colaboración con arqueólogos partidarios de la oposición en la provincia norteña de Idlib, me cuenta Abdulkarim, consiguió un acuerdo entre todas las partes armadas y la comunidad local, a fin de colocar los objetos de valor, incluidas las tablillas grabadas de la época babilonia, tras una gruesa capa de hormigón en el museo provincial de la ciudad de Idlib. “No puede abrirse fácilmente”, me asegura Abdulkarim, sobre el improvisado acuerdo de seguridad. “Necesitas una máquina eléctrica”. De todos modos, le preocupa que los grupos extremistas islamistas puedan no respetar el acuerdo. “Nadie lo ha intentado hasta ahora, gracias a la comunidad local”, dice. “Pero todos los grupos saben dónde está”.

Abdulkarim tiene 2.500 personas trabajando bajo su dirección, no sólo arqueólogos, también ingenieros y arquitectos –y guardias-, incluyendo a muchos que continúan trabajando en zonas fuera del control del gobierno. En agosto de 2012, una semana después de que le nombraran director de antigüedades y museos, dice, empezó a trabajar con organizaciones internacionales como la UNESCO para recoger la mayor parte de los tesoros arqueológicos de Siria por todo el país y transportarlos al Museo Nacional y a otras instalaciones seguras. “Intentamos dividirlos, por si ocurriera una catástrofe”, dice. Es un trabajo peligroso, diez de sus empleados han sido asesinados. Pero desde que asumió la tarea, dice Abdulkarim, 300.000 objetos, la inmensa mayoría de las colecciones de los museos de Siria se han podido esconder de forma segura.

Sin embargo, ahora estaba muy impresionado ante una catástrofe reciente: unas semanas antes había aparecido un video que mostraba a la policía religiosa del EI, que tenían total acceso a gran parte del norte sirio, con taladros neumáticos, buldóceres y explosivos para destruir un palacio y las estatuas de la antigua ciudad asiria de Nimrud, en el norte de Iraq. El recinto real, del siglo IX a.C., fue construido por el rey Ashurnasirpal II, quien lo había adornado profusamente con esculturas en bajorrelieves tallados en la piedra que describían conquistas militares, ceremonias rituales y criaturas aladas; gran parte de las obras de arte estaban notablemente bien conservadas. En un editorial publicado en la revista en inglés del EI, Daqib, titulado “Eliminando el patrimonio de una nación destrozada”, los extremistas invocaban las escrituras coránicas y el pecado de shirk, o idolatría, para etiquetar todo lo preislámico como profano, y glorificaban la destrucción de “estatuas, esculturas y grabados de ídolos y reyes”. También apuntaban directamente a los arqueólogos y la idea misma de la identidad nacional. Los kuffar –infieles- “habían desenterrado estas estatuas y ruinas en las últimas generaciones e intentaban presentarlas como parte del patrimonio cultural e identidad de los que los musulmanes de Iraq deberían sentirse orgullosos”. La destrucción de Nimrud provocó protestas en todo el mundo, pero ese era parte del objetivo: había “servido para enfurecer a los kuffar, un hecho querido por Alá”, afirmaba la propaganda del EI.

Nunca la historia ha había sido tan intencionadamente destruida en una franja del mundo como en estos últimos años. En 2014, el EI robó las estatuas asirias y otros objetos saqueandoTell Ajaja y Tell Braq, lugares arqueológicos activos en la provincia nororiental de Hasakah, en Siria, que databan del tercer milenio a.C. (PRISMA ARCHIVO/Alamy).

La psicopatía aniquiladora del grupo pareció alcanzar su cenit en agosto, cuando ejecutaron públicamente a Jaled al-Asaad, de 82 años, director de las antigüedades de Palmira durante más de cuarenta años y un arqueólogo muy apreciado. El EI decapitó a al-Asaad y colgó su cuerpo de una columna de la ciudad, condenándole como “director de la ideolatría”. Pero, según algunas informaciones, los islamistas le asesinaron porque se había negado a revelar, a lo largo de más de un mes de cautividad e interrogatorios, la ubicación de las antigüedades que su equipo había conseguido esconder.

La captura de Palmira, y el asesinato de su principal arqueólogo, fue un golpe muy duro para Abdulkarim. Palmira, antiguo enclave comercial y extensa ciudad llena de columnas en el desierto central sirio, fue un oasis consolidado para las caravanas antes de caer bajo el control del Imperio romano en el siglo I, y su importancia cultural como ruta comercial que conectaba Roma con Persia, la India y China se hizo patente en su arte y arquitectura únicos, que combinaban influencias griegas, romanas, levantinas y persas. Los militantes del EI habían prometido que no iban a destruir los famosos templos de piedra de Palmira porque, al parecer, al hacerlo entrarían en conflicto con su interpretación del principio coránico, pero Abdulkarim no se sentía muy inclinado a creerles. “Son bárbaros, extremistas”, dijo. “No podemos confiar nunca en sus palabras. Si el ejército consigue llegar allí, destruirán todo en venganza”. Existía el rumor de que los combatientes del EI habían colocado secretamente minas alrededor de los monumentos más famosos. A través de su equipo, había oído que estaban intentando entrar en el Museo de Palmira. “Pensaban que había 2.000 kilos de oro allí escondidos”, dijo. “Son una gente muy estúpida”.

Abdulkarim me contó que los objetos y estatuas más importantes de Palmira habían sido secretamente trasladados a Damasco cuando el EI se aproximaba a la ciudad. La última operación de rescate se había completado tres horas antes de que cayera Palmira; tres de sus empleados habían resultado heridos en los enfrentamientos. Abdulkarim, él mismo especialista en la época romana, me mostró fotos de una robusta estatua de dos mil años de antigüedad, conocida como el León de Al-lat, que pesaba quince toneladas y alcanzaba casi los doce pies de altura. Su equipo en Palmira había enterrado al gran león en el jardín del museo de la ciudad, en una caja metálica protegida por sacos terreros, pero el EI lo había localizado y destruido. Ahora tiene miedo también por los miembros de su equipo. Algunos han podido escapar hasta Homs, a unos 150 kilómetros hacia el oeste, pero otros están bloqueados en la parte moderna de la ciudad Palmira con sus familias –la zona tuvo una vez alrededor de 50.000 habitantes y esa cifra se había hinchado recientemente con los refugiados llegados de otraspartes del país-, y no se les permitía marcharse. Al igual que la ciudad antigua, eran rehenes del EI, y no era imposible que les eliminaran en cualquier momento para conseguir máximos efectos propagandísticos, o sin que fuera necesaria razón alguna.

Abdulkarim me invita a bajar varios tramos de escaleras para que vea a parte de su equipo trabajando. Detrás de puertas a prueba de explosivos en el sótano del Museo Nacional, filas de hombres y mujeres con guantes de vinilo se inclinan sobre las mesas con máscaras que les cubren la boca. Algunos sostienen diminutas tablillas de arcilla cubiertas de signos cuneiformes, la antigua escritura desarrollada por los sumerios, entre las muchas contribuciones transformadoras de la región a la historia y la cultura; son parte de un lote transportado calladamente desde Mari, una ciudad de la Edad del Bronce en el este de Siria, en territorio controlado ahora por el EI. Un trabajador examina cada tablilla y le asigna un número de serie, que se introduce en un ordenador; después se fotografía el objeto y se envuelve delicadamente en papel antes de guardarlo, hasta el momento en que el país pueda ser seguro de nuevo para las antigüedades.

Las mesas están repletas de cientos de esas cajitas cuidadosamente etiquetadas: “Las excavaciones ilegales han destrozado el lugar”, me susurra un ayudante. Cuando saco mi cámara, un hombre con una camisa a cuadros que yo había asumido que era un guardia, se da rápidamente la vuelta y se pone firme contra la pared, con los brazos doblados. “Por favor, por favor”, dice el ayudante, haciendo gestos con las palmas de las manos para que aparte mi cámara. Resulta que el hombre es la persona que va y viene entre aquí y Mari para recuperar las tablillas de incalculable valor. Si el EI le identifica y le coge, su muerte es segura.

Los sitios y objetos de interés arqueológico han sido siempre daños colaterales en tiempos de conflicto. Nadie podría negar, por ejemplo, las grandes reservas de patrimonio cultural perdido durante la II Guerra Mundial. Pero la destrucción deliberada de antigüedades de milenios de edad en la cuna de la civilización humana, hogar de los centros antiguos de poder donde tomaron forma la escritura, la agricultura y las primeras ciudades del mundo, sugiere que estamos siendo testigos de una amenaza nunca vista antes para la herencia común de la humanidad.

Cuando le pregunté a Glenn Schwartz, arqueólogo y director de Estudios de Oriente Próximo en la Universidad Johns Hopkins, si recordaba algún precursor de la deliberada aniquilación por el EI de los tesoros arqueológicos bajo su control, meditó por un momento la pregunta y mencionó los iconos e imágenes religiosos prohibidos y destruidos por los inconoclastas bizantinos en los siglo VIII y IX. Pero incluso esos actos de vandalismo afectaban normalmente a objetos que eran, dice, “relativamente contemporáneos a los actos de destrucción”. En cambio, el EI está “atacando construcciones que tienen 2.000 o más años”. Palmira en Siria, Nimrud en Iraq: Esas ciudades antiguas eran fundamentales para la historia humana, son insustituibles.

Incluso el extendido saqueo que acompañó el deslizamiento hacia el caos de Siria es un fenómeno relativamente reciente, un subproducto, según Schwartz, del interés occidentalizado y la globalización de los mercados. “Hace quinientos años, la gente no se habría molestado en buscar reliquias”, dice Schwartz. “Sencillamente, no había mercado para ellas. Se debe a que nosotros, en Occidente, valoramos esos objetos de una manera como nadie lo hacía antes de 1800”. Schwartz cree que el EI comprende esto y que su televisada campaña de daños arqueológicos tiene como objetivo socavar los Estados modernos de Siria e Iraq, que se enorgullecían de sus cuidados y servicios, y para escandalizar a quienes valoran en grado sumo esas antigüedades. Y ahora, otros grupos de la región o de más allá pueden adoptar esa destrucción arqueológica que se ha convertido en un arma establecida entre el armamento del EI, dice Graham Philip, experto en arqueología de Oriente Medio en la Universidad Durham de Gran Bretaña.

Mientras tanto, prosigue sin pausa la destrucción de Siria. En julio del pasado año, parte de la fortaleza de la ciudadela de Alepo se vino abajo. Los rebeldes habían excavado un túnel bajo ella y, para hacerlos salir, el ejército sirio dinamitó el túnel, dañando los muros de la ciudadela. En noviembre, otra explosión produjo un daño mayor cerca de una famosa puerta de hierro adormada con docenas de diseños de herraduras –el ejército mameluco combatió a caballo desde el siglo XIII al XVI utilizando arcos y flechas- que guarda la entrada arqueada a la ciudadela. La vista que robé desde una diminuta torreta militar en el zoco, inalterada durante miles de años, no va a volver a ser de nuevo la misma.

Posteriormente, en agosto, días después del asesinato de Jaled al-Asaad, un video del EI mostraba a militantes del EI rodando barriles de explosivos hacia el Templo de Baalshamin, del siglo I, dedicado al dios fenicio del cielo, una de las estructuras mejor conservadas en Palmira; poco después hubo una explosión y cuando el polvo se asentó se hizo evidente que el lugar había quedado arrasado. Las imágenes por satélite confirmaron la destrucción del templo, un “nuevo crimen y una pérdida inmensa para el pueblo sirio y para la humanidad”, dijo Bokova, la directora de la UNESCO.

Pero la mayoría de los sirios están hoy principalmente preocupados por cuestiones que tienen que ver con la vida y la muerte, y en un determinado momento le pregunté Abdulkarim por qué alguien debería preocuparse por las antigüedades cuando se está matando a la gente a una escala inimaginable. “Comprendo el problema humanitario en Siria”, me dijo. “Pero nosotros estamos entre la gente que está viviendo esa vida en Siria”. La geografía del país ha acogido a toda una cascada de diferentes imperios y civilizaciones, desde los sumerios, los asirios, los acadios y babilonios hasta los hititas, griegos, persas, romanos, mongoles y árabes. Los sirios de muchas de las partes en conflicto sienten muy intensamente la amenaza a ese compartido legado.

Abdulkarim, un hombre de herencia étnica mixta –su madre es kurda y su padre armenio- ve la destrucción del patrimonio arqueológico de Siria como un golpe a la identidad híbrida de la nación moderna, forjada entre numerosos grupos étnicos y religiosos. El régimen lleva mucho tiempo promocionando la incomparable historia física antigua de Siria y ha hecho una prioridad de su protección, al igual que su estado de seguridad mantuvo brutalmente el frágil mosaico sectario del país. Nunca ha parecido tan aterradoramente real como ahora la desintegración del país. “Siria es para mí como un hombre herido”, siguió diciendo Abdelkarim. “Mi labor tratar de preservar su cabeza. Si un día este hombre herido recupera la salud, podrá ver cómo es. Pero si perdemos el legado sirio, perdemos la memoria común de Siria. Y entonces habremos perdido nuestra identidad".

El Pulitzer Centre on Crisis Reporting ha apoyado los recientes viajes de James Harkin a Siria e Iraq para la elaboración de este informe.

James Harkin, nacido en Belfast, es periodista y analista de las nuevas ideas y tendencias sociales, culturales, políticas y tecnológicas globales. Escribe ensayos, comentarios y reportajes para Vanity Fair, Harper’s magazine, The Atlantic Monthly, The New Republic, The London Review of Books, The Financial Times, Foreign Policy, Newsweek, Prospect, The American Prospect, The Nation y el Council on Foreign Relations en New York . Su último libro “Hunting Season” aborda el hundimiento de Siria, el ascenso del grupo del EI y su campaña de secuestros de dos docenas de rehenes extranjeros.

Fuente: http://www.smithsonianmag.com/history/race-save-syrias-archaeologic...



 

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