El análisis genómico muestra una mezcla poblacional a largo plazo en Asia occidental antes de crearse las primeras ciudades del mundo

Mapa parcial de Asia occidental, que incluye Anatolia (actual Turquía), el norte de Levante y el sur del Cáucaso del sur. Un equipo internacional de investigadores mostró que las poblaciones de Anatolia y el Cáucaso comenzaron a mezclarse genéticamente alrededor del año 6.500 a.C., y que pequeños eventos de migración de Mesopotamia, hace 4.000 años, trajeron un incremento de mezcla genética en la región. El marcador naranja muestra la ruta desde Asia central. Crédito: Centro de Investigación Max Planck-Harvard para la arqueociencia del antiguo Mediterráneo.

Una nueva investigación genética sobre una de las áreas comerciales más importantes del mundo antiguo ofrece nuevas ideas sobre el movimiento y las interacciones de los habitantes que vivieron en diferentes zonas de Asia occidental entre dos eventos trascendentales ocurridos en la historia humana: los orígenes de la agricultura y el surgimiento de algunas de las primeras ciudades del mundo.

El trabajo llevado a cabo revela que un alto nivel de movilidad humana no solo condujo a una difusión de ideas y de cultura material, sino también a una sociedad más conectada genéticamente, mucho antes del surgimiento de las ciudades, y no al revés, como se pensaba anteriormente. Los hallazgos se añaden a nuestra comprensión sobre cómo se produjo exactamente el el desarrollo del urbanismo.

Los investigadores, formados por un equipo internacional de científicos, entre los que se halla la profesora de Antropología de Harvard, Christina Warinner, analizaron los datos de ADN de 110 restos óseos de Asia occidental desde el Neolítico hasta la Edad del Bronce, hace entre 7.500 y 3.000 años. Tales restos provenían de yacimientos arqueológicos en Anatolia (actual Turquía), el norte del Levante, que incluye países como Israel y Jordania, y naciones del sur del Cáucaso como Armenia y Azerbaiyán.

Christina Warinner, autora principal del estudio que explora el desarrollo de las primeras ciudades. Foto de archivo de Kris Snibbe / Harvard.

Con base en su análisis, los científicos describen dos eventos genómicos, uno ocurrido hace unos 8.500 años y el otro hace 4.000 años, que apuntan a una mezcla genética a largo plazo y movimientos graduales de población en la región.

“Dentro de este ámbito geográfico se cuenta con una notable cantidad de poblaciones distintas y grupos ideológicos diferentes que interactúan bastante, pero no quedaba claro en qué medida la gente se estaba moviendo realmente o si esto era simplemente un área de alto contacto comercial", dice Warinner.  “Lo que podemos ver es que, en lugar de que este período se haya caracterizado por migraciones dramáticas o conquistas, lo que observamos es una mezcla paulatina de diferentes poblaciones  y de ideas que se van filtrando en este crisol en el que vemos el surgimiento del urbanismo, el nacimiento de las ciudades", añade.

El estudio fue dirigido por el Centro de Investigación Max Planck-Harvard para la Arqueología del Mediterráneo Antiguo y publicado en la revista Cell, con Warinner como miembro principal del equipo.

Pintura mural de alrededor de 3.400 a. C.,  hallada en el yacimiento arqueológico de Arslantepe, en el este de Anatolia (actual Turquía). Imagen cortesía de Max Planck-Harvard Research Center for the Archaeoscience of the Ancient Mediterranean and Missione Archeologica Italiana nell'Anatolia Orientale, Sapienza University of Rome.

Históricamente, Asia occidental, que incluye el Medio Oriente, es una de las ubicaciones geográficas más importantes del mundo. No solo creó algunas de las primeras ciudades de la humanidad, sino que sus primeras rutas comerciales sentaron las bases de lo que se convertiría en la Ruta de la Seda, una ruta que unía comercialmente Asia, Europa y África.

Sin embargo, incluso antes de estar conectada con otras regiones, las poblaciones de Asia occidental ya habían desarrollado sus propias tradiciones y sistemas de organización y complejidad social. Las áreas estudiadas en el trabajo de investigación jugaron un papel decisivo en la evolución de la agricultura y comunidades de pastores hacia las primeras sociedades a nivel estatal.

Con dicho estudio, los investigadores han querido llenar algunos de los vacíos antropológicos de los orígenes de la agricultura y de las ciudades para comprender mejor cómo se unieron estas diferentes comunidades para formar núcleos urbanos, una dinámica que aún en la actualidad no se entiende muy bien.

"Lo que vemos en arqueología es que la interconectividad dentro de Asia occidental tuvo un gran desarrollo, y áreas como Anatolia, el norte de Levante y el Cáucaso se convirtieron en un centro para el intercambio de ideas y de cultura material", dice Eirini Skourtanioti (izquierda), estudiante posdoctoral en el Instituto Max Planck y autora también principal del estudio, en un video que acompaña el lanzamiento del artículo (ver más abajo). "El objetivo de nuestro trabajo consistía en comprender el papel de la movilidad humana a lo largo de este proceso".

Los investigadores, que provenían de muchas disciplinas y países, incluidos Australia, Azerbaiyán, Francia, Italia, Alemania, Corea del Sur, Turquía y los EE. UU., reunieron 110 restos óseos antiguos conservados en museos y laboratorios de todo el mundo, y tomaron muestras de dientes y parte del hueso temporal llamado 'peñasco' o 'hueso petroso' que alberga el oído interno. El análisis genético fue realizado por científicos del Instituto Max Planck, entre las que estaba la profesora Warinner.

El documento de investigación describe cómo las poblaciones de Anatolia y del Cáucaso meridional comenzaron a mezclarse hace aproximadamente 8.500 años. El resultado fue un cambio gradual en el perfil genético, el cual durante un milenio se extendió lentamente por ambas áreas hasta entrar en lo que actualmente es el norte de Irak. Conocido como un 'cline' o 'clina' en genética, esta mezcla indicó a los investigadores la movilidad humana ocurrida en el área y el desarrollo de un crisol genético regional en Anatolia y sus alrededores.

Arriba: diadema de cobre y plata con conexión transcaucásica procedente de una Tumba Real en Arslantepe, al este de Turquía. Abajo: cerámica relacionada con Mesopotamia en Arslantepe (período de palacio) Crédito: Missione Archeologica Italiana nell'Anatolia Orientale, Sapienza Univ. de Roma (fotógrafo: Roberto Ceccacci)

El otro cambio que los investigadores detectaron no fue tan gradual. Analizaron muestras de las antiguas ciudades de Alalakh y Ebla en lo que hoy es el sur de Turquía y el norte de Siria, y comprobaron que hace unos 4.000 años el norte de Levante experimentó una introducción relativamente repentina de nuevas gentes.

Los sutiles cambios genéticos apuntan a una migración masiva, y el momento se corresponde con una severa sequía en el norte de Mesopotamia, lo que probablemente derivó en un éxodo hacia el norte de Levante. No obstante, los científicos no están muy seguros, pues, en la actualidad, no hay genomas bien conservados de las personas que vivieron en Mesopotamia.

Restos esqueléticos de 'Lady in the well' (Mujer en el pozo) hallados en Alalakh, Hatay, Turquía. Crédito: Murat Akar © Alalakh Excavations Archive.

Junto con los hallazgos sobre la interconectividad en la región, el documento presenta nueva información sobre la migración a larga distancia acontecida durante la Edad del Bronce tardía, hace aproximadamente 4.000 años. El cadáver solitario de una mujer, encontrado enterrado en un pozo, estaba genéticamente relacionado con personas que vivieron en Asia Central, no en parte de la actual Turquía.

"No podemos conocer exactamente su historia, pero podemos recopilar mucha información que sugiere que ella o sus antepasados fueron inmigrantes bastante recientes procedentes de Asia Central", afirma Warinner "No sabemos el contexto en el que llegaron al Mediterráneo Oriental, pero este es un período de creciente conectividad en esta parte del mundo".

El cadáver tenía muchas heridas y la forma en que fue enterrado indica que tuvo una muerte violenta. Warinner espera que más análisis genómicos puedan ayudar a desentrañar la historia de esta antigua mujer.

Para Warinner, quien obtuvo su maestría en 2008 y su doctorado en 2010 en la Escuela de Graduados de Artes y Ciencias de la Unversidad de Harvard, tales estudios son una prueba de las ideas que el análisis de ADN puede proporcionar cuando las pistas tradicionales no cuentan la historia completa.

"Lo que es realmente interesante es que vemos cómo estas poblaciones se están mezclando genéticamente mucho antes de que veamos evidencias claras de ello en la cultura material, mucho antes de que veamos evidencias directas en la cerámica o en las herramientas, o en cualquiera de los artefactos arqueológicos más convencionales", explica Warinner.

“Esto es importante porque a veces estamos limitados respecto a cómo vemos el pasado. Es decir, vemos el pasado a través de los artefactos, a través de las evidencias que la gente deja atrás, pero a veces están ocurriendo eventos que no dejan rastros de manera convencional, y es mediante el uso de la genética como podemos acceder, por ejemplo, a estas mezclas tempranas de poblaciones que antes no eran tan evidentes", concluye.

Fuentes: Universidad de Harvard | phys.org | 29 de mayo de 2020

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Comentario por María José Grech el junio 17, 2020 a las 2:04pm

Si tenemos en cuenta nuestros orígenes, poblaciones ancestrales de cazadores recolectores, y cruzamos los datos con los restos de registros climáticos que se puedan encontrar, tendríamos una explicación mucho más fiable de nuestra diversidad genética que la actual, basada "simplemente" en restos arqueológicos. Sólo tenemos que echar un vistazo a lo que ocurre en la actuallidad y el flujo de migrantes tan impresionante que existe desde las regiones más desfavorecidas. El mandato imperativo de la vida es perpetuarse. Está en nuestros genes.

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