Deformidades y enanismo: ¿atributos venerados en la antigüedad?

A la izquierda, un esqueleto de una persona con acondroplasia; a la derecha, una persona sin esta patología - Samia A Temtamy.

En 2014 se descubrieron en el complejo funerario egipcio de Hieracómpolis los restos de dos personas que vivieron hace 4.900 años. Se trataba de un hombre y una mujer que fueron enterrados dentro de un grupo más numeroso -se hallaron en total 20 cuerpos-, previsiblemente en honor a la muerte de una personalidad de la época. La pareja sorprendió a la comunidad científica no solo porque el hombre llegó a vivir cerca de 40 años -mucho más de la media del Egipto prehistórico-, estaban bien alimentados y no mostraban signos de una vida extremadamente dura. Sino porque los análisis con rayos X confirmaron que ambos sufrían de pseudoacondroplasia (conocida como enanismo). Y no son los únicos descubiertos que dan pistas de que los egipcios veneraban a las personas con esta anomalía.

A 2.500 kilómetros de distancia, en Hungría, y casi cinco milenios después -alrededor del año 900 d.C.- nació un hombre con el paladar hendido y espina bífida. A pesar de su discapacidad y de que la vida fue extremadamente difícil para él, consiguió vivir más allá de los 18 años, lo que es un logro para una época en la que no existían apenas cuidados médicos. Tras su muerte fue enterrado con un rico ajuar e incluso con un caballo que mostraba un hocico torcido.

«Su posición única podría haber sido una consecuencia de sus características físicas poco comunes», afirma Erika Molnár (izquierda), paleopatóloga de la Universidad de Szeged, en Hungría, quien fue la descubridora del esqueleto húngaro. La tesis de que las distintas capacidades podrían ser una ventaja dentro del estatus social y no una condena es el tema principal de una de las charlas impartidas en Berlín este mes en el primer taller sobre «Enfermedades raras antiguas». 130 paleopatólogos, bioarqueólogos, genetistas y expertos en enfermedades raras debaten acerca de esta posibilidad de forma oficial. «Esta es realmente la primera vez que las personas se enfrentan a este tema», aseguró  Michael Schultz, paleopatólogo de la Universidad Georg August de Gotinga (Alemania), para  Science.

También con enfermedades repentinas

Y aún existen más casos. La antropóloga Marla Toyne (derecha) de la Universidad de Florida Centra,l en Orlando, se extrañó cuando vio una momia del pueblo Chachapoya (Perú) parcialmente conservada enterrada alrededor del año 1.200. Había perdido la columna vertebral y la médula ósea, lo que supone que sufrió de leucemia tipo T tardía, y seguramente fuera la causa de su muerte.

«Tenía huesos frágiles, dolor en las articulaciones y no podía caminar mucho», explicó Torne durante la charla. Esta condición sería especialmente complicada en su época y su entorno, una tierra montañosa. Aún así, fue enterrada en una lujosa tumba en un acantilado y sus huesos carecían de signos de estrés, lo que sugiere que no tuvo trabajos demasiado duros. «Nunca vivían solos, y esto demuestra que la comunidad era consciente de su sufrimiento. Y muy probablemente tuvieron que hacer algunas adaptaciones para su cuidado y tratamiento», afirma Toyne. Una vez más, la enfermedad no fue sinónimo de estigma social, sino al contrario.

También existen múltiples evidencias de que en la antigüedad se aplicaban medidas curativas como trepanaciones en el cráneo o amputaciones. Por ejemplo: el conocido como el anciano desenterrado en la cueva de La Chapelle-aux-Saints (izqu... (Francia) fue un neandertal que vivió hace 60.000 años con un avanzado estado de artritis grave. Tanto que probablemente necesitaría ayuda para comer. Y existen grabados en vasijas y pinturas en las que se aprecian personas con escoliosis, acondroplasia o con miembros amputados.

¿Ventaja evolutiva?

Estos hallazgos arqueológicos ofrecen no solo una visión de cómo eran las sociedades antiguas con sus congéneres, sino que pueden presentar una nueva perspectiva para las enfermedades raras actuales.

Por ejemplo, el año pasado, el genetista Dan Bradley (derecha), del Trinity College de Dublín, publicó un estudio acerca del ADN de cuatro irlandeses prehistóricos. Una era una mujer neolítica adulta enterrada entre 3.343 y 3.020 a.C., era en una tumba con enormes piedras cerca de Belfast; los otros tres eran hombres sepultados en un sepulcro en una isla frente a las costas de Irlanda del Norte entre el 2.000 y el 1.500 a.C. A pesar de que el ADN mostraba que los esqueletos eran de diferentes poblaciones, gracias a un drástico cambio genético, las cuatro personas portaban el gen que causa hemocromatosis, una afección poco común que causa la acumulación de exceso de hierro en la sangre. Sin embargo, Irlanda tiene hoy las tasas más altas del mundo de esta mutación.

Por ello, Bradley sugería que este gen podría haber tenido alguna ventaja como ayudar a proteger contra enfermedades bacterianas o aumentar la retención de hierro en ambientes con una dieta deficiente. «Comprender por qué aparecen condiciones raras en ciertos lugares puede ayudar a los investigadores de hoy a entender mejor esta carga genética», afirma Bradley.

Este hombre medieval húngaro que tenía paladar hendido severo recibió un entierro de héroe. LUCA KIS

Bioarqueología de la atención

Todos estos casos suponen que la vida de nuestros antepasados enfermos o diferentes podría no haber sido tan brutal y breve como en general se piensa. Y esta es la línea que sigue la llamada  bioarqueología de la atención, por la que los científicos están descubriendo que las personas que padecieron alguna anomalía o enfermedad que les incapacitara de alguna manera a menudo  disfrutaban de cuidados y apoyo de sus sociedades, no la marginación y el desprecio en todos los casos. Por ello, «la intención de esta nueva rama de la ciencia es usar al individuo como un prisma para mirar a toda una comunidad».

Así, estas jornadas han servido para que los organizadores de la conferencia, el bioarqueólogo  Emmanuele Petiti y la paleopatóloga Julia Gresky, hayan puesto en marcha una base de datos centralizada para compartir los mismos sobre casos individuales antiguos. «Para observar patrones, necesitas datos que se puedan comparar», dice Petiti. Quién sabe qué nuevos estudios que rompan nuestros esquemas saldrán de esta nueva iniciativa.

Fuente:  abc.es | 14 de marzo de 2019

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