Si bien es cierto que Cádiz es una ciudad extremadamente rica en yacimientos arqueológicos, la mayoría de tipo funerario, no es menos cierto que, dichos hallazgos, han tenido lugar de forma irregular. Estos descubrimientos han sido una constante sobre todo a partir de época musulmana. Desde ese momento y durante los últimos siglos, con el desarrollo de la ciencia arqueológica y métodos más rigurosos de estudio, se ha ido adquiriendo conciencia de su importancia, incidiendo directamente sobre la rigurosidad de los datos objeto de estudio. En este sentido, no podemos obviar que muchos de los restos pertenecientes a la necrópolis de la ciudad no han pervivido y se han perdido en el devenir del tiempo; a pesar de ello, de numerosos hallazgos conservamos ciertas reseñas que nos son de gran utilidad para llevar a buen puerto un estudio y análisis rigurosos.

A fin de cuentas, son muchas las dificultades con las que nos encontramos, como el relativamente reciente interés despertado por los enterramientos entre la comunidad científica o los numerosos expolios y saqueos llevados a cabo por los expoliadores. Continuando en esta línea, es indiscutible la importancia de las excavaciones de urgencia puesta en marcha por la Junta de Andalucía en los años 80 del pasado siglo, pero, a pesar de ello, los artículos publicados sobre sus resultados, en lugar de centrarse en un riguroso estudio de la necrópolis en sus diferentes aspectos, se han dirigido más en la dirección de monografías sobre materiales concretos, como el estudio y catalogación de monedas, amuletos, ungüentarios o lucernas, entre otros. Por tanto, es innegable el abundante volumen de información que a lo largo de muchos años ha ido generando la necrópolis de la ciudad. Sin embargo, este hecho, lejos de ser una motivación para el investigador, no ha sido objeto de una investigación hecha en profundidad, ya que el interés científico se ha orientado más hacia la búsqueda y estudio de estructuras de tipo urbano, que en un análisis serio de las necrópolis. En este planteamiento, ha salido particularmente perjudicado a nivel científico un aspecto para mí de enorme importancia para poder interpretar y conocer el mundo y costumbres funerarias de Gadir/Gades, y no es otra cosa que el ritual secundario, de gran interés, dado la escasez de fuentes escritas. En este sentido, la mayor parte de la información previa de que disponemos se torna especialmente exigua y se refiere a informes, memorias y breves publicaciones en los Anuarios Arqueológicos.

Estas deficiencias convierten en algo muy complicado el estudio espacial y topográfico de la necrópolis de Cádiz, así como el conocimiento de su organización interna, y, en definitiva, del paisaje funerario de la ciudad. Igualmente se convierte en una tarea casi imposible llevar a cabo un concienzudo estudio paleopatológico y paleodemográfico. A pesar de estas contingencias, las necrópolis nos han proporcionado una abundante riqueza, tanto en estructuras funerarias como en datos referentes al ajuar funerario o al cuerpo del difunto y en ello debemos ahondar.

Si consideramos la necrópolis de Gadir/Gades en su amplio horizonte cronológico, es decir, en época fenicia, púnica y romana, en sus dos fases, republicana e imperial, obtenemos como conclusión que supera en mucho a cualquier otra ciudad del sur peninsular, especialmente en época romana, por la gran densidad de hallazgos, así como la elevada información que aporta en los campos tipológico, ritual y epigráfico. Aún así, existe un marcado contraste entre toda la información que existe a disposición del investigador y la carencia de estudios a nivel científico.


Por tanto, la mayor parte de los yacimientos que se han podido documentar hasta la fecha en Cádiz, pertenecen a diferentes áreas de la necrópolis fenicia, púnica y romana, caracterizándose por el gran número de descubrimientos, unos de más significación que otros. Con todo, la necrópolis constituye la vertiente menos estudiada de la arqueología de la ciudad. Un dato que sin duda ha jugado en nuestro favor, en cierto modo, ha sido lo reducido del espacio urbano gaditano y la no expansión de sus límites, lo que ha originado, de forma indirecta, que gran parte de su territorio, destinado a la necrópolis, haya perdurado en el tiempo. Ello es debido a que la población de Cádiz a finales del siglo IV a. C. había descendido de forma brutal, hecho que se prolonga hasta el siglo XVI, alcanzando niveles poblacionales muy bajos. Solo en el siglo XIII, en tiempos de la Reconquista cristiana, el Rey Alfonso X, el Sabio (1253-1284) se hizo con el absoluto control de la Bahía de Cádiz, colonizando estas tierras con castellanos, concentrándose la población en el actual barrio del Pópulo. En este contexto, las labores agrícolas llevadas a cabo en la ciudad por el estamento campesino, tenían lugar en el actual casco histórico, y no en lo que en la antigüedad fue Kotinoussa. Este hecho, unido a que los enterramientos no se encuentran en niveles superficiales del terreno, hizo que los hallazgos arqueológicos no fueran una cosa habitual. Del siglo XVI al XIX, podemos afirmar que los hallazgos arqueológicos encontrados en la ciudad fueron fruto de la casualidad motivada por la expansión de la ciudad. La arqueología de estos momentos, en manos de los eruditos, a pesar de carecer de rigor científico, consiguieron en muchos casos estudiar y detallar los diferentes yacimientos.

En un afán de conocer el pasado de ciudad tan vetusta, como es Cádiz, han sido muchas y notables las intervenciones arqueológicas puestas en funcionamiento en distintos puntos de la urbe, y en diversos periodos, con el objetivo de sacar a la luz cualquier vestigio que pudiera aportar nuevos elementos de juicio para conocer mejor la historia en general, y la antigua en particular, de la ciudad gadirita. Este devenir continuo de investigaciones arqueológicas ha avivado considerablemente el entendimiento sobre tan rico pasado.


Dicho interés se vio espoleado, impulsando la investigación en el campo de la arqueología funeraria gaditana, con el hallazgo que tuvo lugar en 1887 en el lugar conocido como Punta de la Vaca, con ocasión de los allanamientos del terreno para la instalación de la Exposición Marítima Nacional, de un extraordinario sarcófago antropoide masculino que sirvió -junto con otros hallazgos, como un grupo funerario de tres sepulturas o hipogeos- para motivar y animar a esos avezados de comienzos del siglo XX que ya comenzaron a sugerir la obligación, por parte de los poderes públicos, para que organizasen y fiscalizasen verdaderas actuaciones arqueológicas. Fruto de los descubrimientos que tuvieron lugar en la Punta de la Vaca fue el nacimiento del Museo Arqueológico de Cádiz. Es a partir del descubrimiento del sarcófago antropoide masculino y su repercusión, cuando las informaciones referentes a hallazgos arqueológicos en la ciudad comienzan a ser verdaderamente detalladas.


El hallazgo de tan extraordinario sarcófago, sirvió de orientación, esperanzados de que afloraran nuevos e interesantes descubrimientos. El siglo XX y lo que llevamos transcurrido del XXI, nos han ofrecido algunos descubrimientos verdaderamente importantes a los que se les ha aplicado por los investigadores, en unas etapas más que en otras, todo el rigor necesario gracias a los últimos avances de la ciencia arqueológica. En el siglo XX debemos agradecer a un grupo de eruditos sus aportaciones en el campo arqueológico de la ciudad, como Pelayo Quintero Atauri, Cervera y Jiménez y Jiménez Cisneros, los cuales, a pasear de sus esfuerzos por ahondar y descifrar el pasado funerario de Cádiz, sus métodos no fueron los más apropiados, y a todas luces discutibles, por carecer de una metodóloga arqueológica rigurosa. Ello nos lleva a considerar sus aportaciones con la necesaria cautela para no incurrir en indeseados errores. No hace falta decir que sería necesaria una profunda revisión de sus aportaciones a través de un grupo científico especializado y multidisciplinar. Dicho esto, entre 1912 y 1936 se desarrollaron de nuevo numerosas intervenciones arqueológicas en la zona de la Punta de la Vaca, Puertas de Tierra y la franja costera, que desde las Puertas de Tierra, se extendía hasta el Cementerio de San José.

Por tanto, en este periodo que culmina con la Guerra Civil, protagonizado por los trabajos de Pelayo Quintero, se pusieron al descubierto unas 3000 tumbas de diferentes tipologías. A estos trabajos les sucedió una nueva etapa, con excavaciones en diferentes puntos de la isla de Kotinussa, la mayor de las islas del archipiélago gaditano en la antigüedad. Estos trabajos que tuvieron lugar entre los años 1950 y 1970, solo pudo obtener una cronología que no se extendía más allá del siglo V a. C., al igual que ocurrió en el periodo anterior de excavaciones. Igualmente sorprendente es el elevado número de enterramientos hallados entre 1979 y 1984, en los trabajos dirigidos por Ramón Corzo Sánchez que consiguió estudiar otro millar de enterramientos, igual cantidad que entre 1979 y 1992, gracias a las numerosas obras públicas llevadas a cabo en la ciudad de Cádiz.


En la década de los 80, comienza a practicarse en la ciudad gaditana lo que se conoce como “intervenciones arqueológicas de urgencia”, pero por desgracia son mal conocidas e insuficientemente documentadas (Vaquerizo Gil, D; 2010), marcando un punto de inflexión en la manera de preservar los restos de interés arqueológico que descansan bajo el terreno de la ciudad. Estas intervenciones de urgencia en esencia consistían en una eficiente forma de localizar y, por otro lado, documentar científicamente, todo registro arqueológico que en cualquier momento se viera afectado, en mayor o menor grado, por movimientos de tierras. Este nuevo método pronto dio sus frutos, y, a comienzos de esa década, en 1980, se encontró en la entonces c/ Ruiz de Alda, hoy el Parlamento, el sarcófago antropoide femenino popularmente bautizado como la Dama de Cádiz. A este le acompañaron otros hallazgos de gran relevancia en el terreno funerario, que hizo posible un definitivo conocimiento de los enterramientos por el rito de la inhumación en cistas de piedra ostionera, fechadas cronológicamente entre los siglos V y IV a. C. Estos enterramientos, a los que nos hemos referido, afloraron en la Plaza Asdrúbal y en la c/ Tolosa Latour, y sirvieron para diferenciar las inhumaciones en cista individuales, de las del tipo de pozo con cámara lateral.

En 1984 tuvo lugar el traspaso de competencias en materia de Cultura del Gobierno central a la Comunidad Autónoma de Andalucía, encargándose desde ese momento las Delegaciones Provinciales de Cultura de gestionar el patrimonio arqueológico gaditano y su puesta en valor. A partir de este momento el material arqueológico que ha salido a la luz ha sido enorme tanto cuantitativa como cualitativamente, acumulándose irreversiblemente en una larga espera de estudios rigurosos y de futuras publicaciones. Toda esta información, a partir de 1985 se ha publicado en su mayoría en los Anuarios de Arqueología de Andalucía.

Las excavaciones siguieron practicándose en el solar gaditano con el trascurrir de la década, y en 1985 en los terrenos del antiguo Teatro Gaditano, los arqueólogos sacaron a la luz un tipo de enterramiento de incineración en fosa, inédito hasta entonces en la arqueología gaditana, y que desplazaba la cronología de la necrópolis del siglo V a .C, a un horizonte cronológico de los siglos VII a la primera mitad del VI a. C, y que se correspondía con una amplia extensión de extramuros, desde la zona conocida como Segunda Aguada al sur, hasta llegar al Barrio de Santa María, al norte.


En la década de los 90, los solares de la c/ Tolosa Latour, parece que se resistían a no dejar de arrojar hallazgos arqueológicos de significación. Así en un terreno situado frente a lo que en su día fue la Institución Provincial Gaditana, nuevos hallazgos hicieron posible la identificación de numerosos enterramientos de tipología diversa, pertenecientes a época tardopúnica, añadiéndose a las cremaciones en fosas con canal central, cremaciones en fosa simple, incineraciones en hoyos, en urnas y en cistas.


El año 1997 fue una fecha muy importante en el ámbito de la arqueología gaditana, ya que, en las excavaciones que se realizaron en la c/ Escalzo, afloraron numerosos enterramientos, pero sobre todo, y eso fue lo más importante, destacó la aparición del único ajuar funerario romano completo del mundo.
En 1998, en las inmediaciones de la ya mencionada Plaza Asdrúbal, y en relación con un impresionante complejo industrial de época romana, apareció un conjunto de 107 enterramientos de épocas fenicia, púnica, y romana fechados entre el siglo IV a. C., y el siglo II d. C., acompañados de valiosas piezas de ajuar funerario. En esta misma fecha se iniciaron los trabajos en el yacimiento arqueológico de la Casa del Obispo, uno de los más importantes de la ciudad, dirigidos por el arqueólogo José María Gener, y donde surgió un extraordinario monumento funerario del siglo VI a. C., que, dadas sus características, debió pertenecer a algún personaje importante de la sociedad gadirita del momento. En esta fecha siguieron apareciendo diferentes hallazgos de tipo funerario, como las 57 tumbas de la c/ Acacias, o nuevos columbarios de la c/ General Ricardos, que se unieron a los que ya aparecieron, en esa misma calle, en años precedentes.


Por tanto, la década de los 90 finalizó arrojando datos de enorme interés sobre las necrópolis de los siglos VIII-VII a. C., gracias a piezas arqueológicas de extraordinaria singularidad aparecidas en contextos arqueológicos más modernos, como el “pyxis” de la playa de Santa María del Mar, o las urnas de alabastro encontradas en la c/ Escalzo, Plaza Asdrúbal y c/ Santa Cruz de Tenerife. A pesar de datos tan ricos y esperanzadores para el estudio de la necrópolis gadirita, han sido muchos los sectores que han sido destruidos. Así y todo, el siglo XXI siguió arrojando innumerables hallazgos correspondientes a diferentes lugares de la necrópolis, lo que, en una ciudad tan reducida en extensión, parece no tener fin. Ya en 1992, Ramón Corzo hacía una estimación en relación al número de enterramientos por excavar en tan renombrada necrópolis, apuntando -teniendo en cuenta factores tales como los terrenos que hasta el momento estaban pendientes de edificación o aquellas viviendas con cimentaciones superficiales que faltaba por salir a la luz- nada más y nada menos que la mitad de la necrópolis, es decir, unos diez mil enterramientos. Según este autor, el número total de estructuras funerarias que debió existir en Gadir/Gades, entre las ya excavadas y las tumbas pendientes de encontrar, estaría en torno a treinta mil. Desde que R. Corzo realizó esta estimación en su artículo “Topografía y ritual en la necrópolis de Cádiz”, son muchos los lugares de la necrópolis gaditana que han sido excavados y numerosos e importantes los resultados que arrojaron tras su análisis y estudio, pero a pesar de ello aún queda mucho trabajo por hacer.

Francisco Javier Jimenez Martinez

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