Una ruta arqueológica desvela los secretos enterrados en el tiempo de la historia de Valladolid

El subsuelo alberga gran parte de la historia de las ciudades, catacumbas en las que siglos de memoria han permanecido estratificados y enterrados en el tiempo con la piedra como único testigo. Tal es el caso de Valladolid, cuyo mapa subterráneo desvela una villa oculta y desconocida. La Cripta de la Iglesia de El Salvador, el monasterio de San Benito el Real o el parque arqueológico del Archivo de San Agustín son algunos de los lugares que esconden los primeros vestigios de la capital vallisoletana.

Esta memoria del pasado está presente en muchos rincones de la ciudad, como ocurre con el edificio de las Cortes de Castilla y León erigido sobre una zona urbana periférica denominada 'Villa de Prado', que ha adoptado este nombre de la villa romana que allí se ubicaba.Precisamente, el 'Mosaico de los Cántaros' (s. IV), una de las obras rescatadas de este yacimiento, preside el hemiciclo del Parlamento autonómico. También aparecieron restos de asentamientos romanos junto a la Iglesia de la Antigua, así como en las céntricas calles de Angustias, Arribas, Juan Mambrilla, Empecinado o Padilla.

Foto: Mosaico de los cántaros.

Sin embargo, no se tiene constancia de una ocupación estable de la ciudad hasta la Edad Media, con la repoblación de la Meseta que Alfonso III encargó, en el siglo XI, al conde Pedro Ansúrez y su mujer, Eylo Alfonso. Durante los dos siglos siguientes la ciudad creció exponencialmente y sirvió, en ocasiones, como residencia real y sede de las Cortes. Fue entonces cuando el primer Alcazarejo se transformó en Alcázar Real. Sobre sus restos se erigiría, en 1569, el Monasterio de San Benito, edificio gótico que funcionaba como sede de los monjes benedictinos y que en la actualidad pertenece al Ayuntamiento de Valladolid.

Los restos del antiguo Alcazarejo albergan, a día de hoy, la calefacción del edificio y el local que ahora se conoce como la Sala Municipal de Exposiciones de San Benito funcionó, en el pasado, como bodega de los benedictinos, de cuyo lagar aún se conservan restos. Valladolid también fue cuna de reyes, pues en el Palacio de Pimentel -actual sede de la Diputación Provincial- nació, en 1527, el que más tarde sería coronado como Felipe II, un monarca de gran importancia para la ciudad, pues dio lugar a una nueva organización urbana.

El 21 de septiembre de 1561, un incendio generado en un establecimiento de la calle Platerías y que duró tres días arrasó cerca del 13 por ciento de las casas de la ciudad. La reconstrucción de la zona, en la que Felipe II se implicó personalmente, se llevó entre 1562 y 1576 y supuso el abandono del canon medieval de calles laberínticas para dar lugar a la primera plaza regularizada de España: la Plaza Mayor de Valladolid (abajo), que sentó cátedra de un modelo arquitectónico que, 250 años después, tomarían como ejemplo Madrid o Salamanca.

La capital vallisoletana ha sido pionera en otros muchos aspectos, pues también presume de ser la ciudad natal de San Pedro Regalado, a quien muchos consideran patrón de Internet porque se le atribuye el don de la ubicuidad, característica que compartiría con la red de redes.

El patrón de la ciudad nació en la calle Platerías a finales del siglo XIV y fue bautizado en la Iglesia de El Salvador, cuyo subsuelo también esconde secretos como la cripta de la familia González Illescas, que más tarde pasaría a acoger los restos óseos de otras familias nobles hasta transformarse, con el paso de los años, en un cementerio infantil. En el interior de esta cripta, la más profunda de las que se encuentran bajo la capilla, se pueden contemplar osarios que se remontan al siglo XIII.

Otra de las paradas de esta ruta es el parque arqueológico del Archivo de San Agustín, donde se encontraría el barrio de Reoyo, próximo al Pisuerga y que, según relataba Fray Mancio de Torres, tenía tres calles: la de la Cárcaba, la de Arroyo y la de Reoyo y que disponía, en total, de 64 casas. Este mismo yacimiento albergaba la capilla de Santiago o del Sacramento, edificada siguiendo las trazas del arquitecto Diego de Praves entre 1592 y 1594 y que sirvió de sepultura para su patrocinador, el banquero vallisoletano Fabio Nelli de Espinosa y su mujer, Gracia de Rivadeneira.

Gran parte de la historia de Valladolid ha brotado desde el subsuelo para recordar a aquellos que viven en la superficie de donde provienen sus raíces. Sin embargo, fragmentos de la memoria de la ciudad aún permanecen enterrados, como ocurre con el antiguo cauce del ramal norte del Esgueva, cuyos arcos, ocultos bajo el suelo, vertebran en secreto la ciudad.

Fuente:lavanguardia.com | 23 de junio de 2018

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