José Luis Escacena, durante la entrevista. / JOSÉ ÁNGEL GARCÍA

A investigadores como José Luis Escacena Carrasco (La Puebla del Río, Sevilla, 1955) le debemos un mejor conocimiento de Tartessos y el mundo colonial fenicio, una realidad histórica víctima en demasiadas ocasiones de las manipulaciones identitarias y las fantasías de algunos aficionados a los misterios.

Este catedrático y director del departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Sevilla, con una importante trayectoria científica a sus espaldas, expone sus teorías sobre la protohistoria andaluza con conocimiento y decisión, pero nunca oculta los argumentos contrarios. Es más, los explica con claridad y sin ridiculizarlos. Su fino sentido del humor no le impide, sin embargo, criticar con firmeza algunas cuestiones, como la degradación de la Universidad actual y su peligrosa deriva hacia la corrección política, o las equivocadas prácticas conservacionistas de la Junta de Andalucía en El Carambolo. Discípulo de Manuel Pellicer Catalán, también se siente deudor del magisterio de María Eugenia AubetJosé María Luzón.

–Los sevillanos solemos presumir de nuestros antecesores romanos y/o árabes, pero olvidamos a los fenicios, pese a la importancia que tuvieron en nuestros orígenes como ciudad.

–Sevilla ha olvidado sus primeros 1.000 años de historia, algo que no ha pasado en Cádiz y Málaga. ¿Por qué? Porque en estas ciudades continuamente se encuentran restos de estos 1.000 años, pero el centro de Sevilla, al estar muy protegido patrimonialmente, no se ha investigado arqueológicamente demasiado. No vamos a tirar casas del siglo XVI, XVII y XVIII para excavar.

–Pero, algunas cosas fenicias sí se han encontrado en lo que hoy se conoce como el casco histórico.

–Sí, en la calle San Isidoro, en unas excavaciones realizadas en los años 70, aparecieron restos de casas del siglo VIII a. C., con trozos de muro, ánforas, vajillas domésticas, pavimentos de tierra roja apisonada; también se han encontrado cosas en la calle Abades, en el Patio de Banderas y en otras zonas del Alcázar…, lo que pasa es que nada tiene la espectacularidad de El Carambolo. Son restos muy poco lucidos para el gran público, aunque muy interesante para los arqueólogos.

–¿Cómo era la Sevilla fenicia?

–En general, el concepto de ciudad fenicia era muy diferente al que nosotros tenemos hoy. Eran ciudades-estado con su pequeño territorio y su rey. Este es seguramente el modelo que se trasladó desde el Líbano hasta aquí. Sevilla no era sólo lo que hoy es su casco histórico, sino que también se extendía al otro lado del río. El Carambolo era la Catedral del momento. Tenga en cuenta que estamos hablando de uno de los santuarios más conocidos de la arqueología fenicia, contando también con el Líbano y las colonias en Córcega, Cerdeña, Cartago… También es uno de los más viejos: ya en los siglos IX-VIII a. C. estaba en pleno funcionamiento. La costumbre de los fenicios era ubicar sus ciudades en la desembocadura de un río. En una orilla construían la zona portuaria; en la otra, una zona dedicada a la divinidad.

Original del Tesoro de El Carambolo, expuesto en el Museo Arqueológico de Sevilla en el 50 aniversario de su hallazgo.

–Es un modelo muy repetido en Andalucía, ¿no?

–Sí, lo vemos en Sevilla-Carambolo, Ayamonte-Castro Marim, Huelva-Aljaraque…

–¿Podemos decir que Sevilla es una ciudad fundada por los fenicios?

–No hay nada anterior a los fenicios, por lo menos que tuviese continuidad en el tiempo. Sevilla es una ciudad fundada por los fenicios en el siglo IX a. C.

–¿Y cuál es la principal prueba de que fue este pueblo el fundador?

–El nombre: Spal o Hispal (aspirando un poco la h), que es fenicio.

–¿Qué significa?

–Al principio se pensaba que significaba “sitio bajo y rodeado de agua”, porque estaba ubicada en el gran estuario del Guadalquivir, que sería muy parecido al que hoy vemos en el Tajo. A un lado Sevilla y al otro Coria. Pero también puede significar algo así como “la isla de Baal”, que no es el nombre propio de una divinidad fenicia, sino una de las formas de dirigirse a la divinidad, como hoy nosotros llamamos a Dios “el Señor”. Así que Spal se traduciría como “la isla del señor”.

–Recordaremos que, entonces, Sevilla estaba en la desembocadura del Guadalquivir.

–Efectivamente, a partir de Coria estaba el mar abierto. Toda la marisma era un golfo.

–Precisamente, uno de los restos encontrados en el Carambolo fue la maqueta cerámica de un barco fenicio, que usted ha investigado. ¿De qué tipo de embarcaciones hablamos?

–Este tipo de embarcaciones fenicias llevaban como mascarones de proa y popa cabezas de caballo, por lo que los griegos les llamaron hippos. Eran embarcaciones de transporte, comercio y exploración, muy versátiles, de poco calado, lo que les permitía entrar en los estuarios de los ríos. Subían muy bien hasta Sevilla, pero les costaba remontar más hacia el norte. No pocas grandes ciudades de Europa han nacido en el fondo de los estuarios, en ese lugar en el que los barcos ya no pueden seguir río arriba. Ese es el mejor sitio para situar el puerto principal, como lo fue Sevilla para el Bajo Guadalquivir.

–¿Pero qué representa la maqueta?

–El barco con el que la divinidad navegaba por el cielo, que los antiguos creían que era como un mar, entre otras cosas porque era azul y caía agua cuando llovía. Probablemente era un exvoto ofrecido a la diosa Astarté. Lo creemos porque la maqueta estuvo pintada de blanco y rojo, al igual que la capilla dedicada a esta diosa en El Carambolo. Cada dios tenía sus colores. Los de Baal eran el rojo y el negro, que son los colores del fuego, como después en la tradición cristiana se representó al diablo.

–Astarté y Baal, la diosa y el dios de El Carambolo.

–Hay especialistas que creen que los fenicios eran politeístas, pero otros, muy pocos, entre ellos yo, pensamos que eran diteístas. Es decir que tenía sólo una diosa y un dios. Lo que conocemos como Baal, Melkart, etcétera, son sólo advocaciones de un mismo dios masculino. Como si decimos el Gran Poder o el Cristo del Amor.

–Es muy tentador hacer paralelismos con el cristianismo y las figuras del Señor y la Virgen.

–Es lógico que se hagan. El cristianismo no es una religión que surgiera de la nada, sino que hunde sus raíces en la prehistoria. La existencia de un Dios que muere y resucita al tercer día se conoce tres mil años antes de Jesucristo.

–Fenicios y Tartessos son dos realidades estrechamente unidas, aunque hay diferentes teorías.

–Hay dos grandes corrientes. Una afirma que Tartessos es la mezcla cultural entre una sociedad de finales de la Edad del Bronce –que vivía en el suroeste de la península ibérica– y los fenicios que llegaron de oriente. La otra, que es la que yo defiendo, estima que en el momento del nacimiento de Tartessos, siglo X-IXa.C., la demografía en esta zona era muy escasa y el territorio estaba prácticamente vacío, aunque en épocas anteriores sí había existido una amplia población. Por lo tanto, los fenicios ocupan una tierra vacía. Tartessos sería la provincia más occidental de la colonización fenicia. Esta última tendencia, que es minoritaria en el ámbito académico, es absolutamente impopular. A la gente no le gusta que le digan que Tartessos es fenicio.

–Tartessos siempre ha desatado las fantasías. Todavía hay personas que defienden que hubo una gran ciudad con ese nombre y que algún día aparecerá.

–Ciudades de época tartésica conocemos a montones: Coria, Sevilla, Lebrija, Cádiz, Las Cabezas, San Juan de Aznalfarache, Écija, Osuna, Carmona… ¿Cuál de ellas puede identificarse como la ciudad más importante o capital? Quizás la hemos encontrado ya. Desde luego lo que no va a aparecer es una piedra que diga: “Arqueólogo, enhorabuena, ha encontrado usted Tartessos”. Eso sí, los arqueólogos tenemos métodos para saber quiénes estaban en la cúspide y quienes no. Una cosa parece clara: el sitio que en ese momento concentra más riqueza y potencial económico lo revela el Tesoro de El Carambolo. Él solo es de más valor que todo lo demás que se ha encontrado de esta época. Por tanto, no tengo ninguna duda de que la capital de Tartessos, es decir la ciudad de Tartessos, era Sevilla. Así, además, lo confirmarían algunos textos antiguos, como la Ora Marítima de Avieno, donde después de describir varios puntos de la antigua desembocadura del Guadalquivir dice: “Estas son las costas de Tartessos”.

–Háblenos del nombre Tartessos, ¿qué significa?

–Lo ha estudiado muy bien Francisco Villar, un lingüista de la Universidad de Salamanca. La palabra es de origen griego y significa simplemente El país de los turta (o también    tarte).

–¿Turta? ¿Quiénes son?

–Las poblaciones no fenicias que también vivían aquí en esa época. Es una denominación posiblemente interesada, porque los griegos, debido a su competencia con los fenicios en la colonización del Mediterráneo occidental, no querían reconocer que estas tierras eran de los fenicios.

–¿Y estos turta de dónde salen?                                                                    

–La hipótesis de que Tartessos era fenicio no excluye que también hubiesen gentes de otra etnia, pero que no estaban antes, sino que llegaron precisamente al calor de la colonización fenicia. Estos turta son gentes de la costa atlántica –de lengua indoeuropea y con costumbres radicalmente diferentes a los fenicios– que se fueron introduciendo en Tartessos. El resultado final fue una sociedad con dos componentes étnicos, aunque no se mezclan. Todo lo contrario, se rechazan. Cuando se destruye el Carambolo, en el VI a. C., desaparece de Andalucía occidental todo lo que huele a oriental... Y son esos turta los que parecen que pasan a ser los protagonistas.

–Es decir, que fueron los turta los que destruyeron Tartessos.

–Parece que se sacuden el yugo fenicio, y limitan la presencia de estos a la costa. Por eso Cádiz experimenta en ese momento un auge, como demuestra su necrópolis. Es posible que hubiese traslados de población desde Sevilla a la periferia, donde sí continúa el elemento oriental. Estamos hablando de Extremadura, la Alta Andalucía, Alicante, algunas zonas de Portugal…

Estela tartésica de Almadén de la Plata (Sevilla)

–¿Estos turta son los de las estelas de guerreros que se pueden ver en el Museo Arqueológico de Sevilla; esas muy esquemáticas en las que aparece el difunto con su casco, armas, escudo…?

–Efectivamente. Posiblemente estas estelas son cenotafios, es decir que recuerdan un ritual funerario, aunque el muerto no está ahí.

–¿Y que hicieron con el difunto?

–Posiblemente lo quemaron y lo tiraron a las aguas de los ríos.

–¿De ahí esas armas que aparecen de vez en cuando en los cauces fluviales del suroeste peninsular?

–Sí, son las armas de los guerreros incinerados.

–Los misterios del Carambolo, hoy en día, han sido prácticamente desvelados tras las últimas excavaciones. Pero la protección del yacimiento dejó mucho que desear.

–Mientras se produjo la polémica sobre qué hacer con el yacimiento y si construir o no un hotel, los restos quedaron a la intemperie y sufrieron un serio deterioro. Los suelos de concha, el altar en forma de piel de toro, las pinturas conservadas en algunos de los bancos de barro usados por los fieles para rezar… Todo eso apenas se cubrió con geotextil, lo cual no fue suficiente. Finalmente, la Junta decidió tapar el yacimiento con una costra de hormigón, como un vergonzoso Chernóbil, pero los restos ya habían sufrido dos años de daños.

–Al final no se construyó el hotel y los restos se deterioraron. Triste balance.

–Había cosas muy delicadas. Por ejemplo, el altar de piel de toro, que apenas es un pequeño rebaje en la tierra apisonada y pintada de rojo en la capilla de Baal, con la señal del fuego de quemar las ofrendas. Habría que haberlo protegido de forma inmediata incluso de la luz solar.

–Usted es un especialista en fenicios, pero también ha estudiado otros periodos.

–De mi maestro Manuel Pellicer heredé la idea de que si sólo me dedico a un problema muy concreto o a una etapa muy definida, no me entero de nada. Como Pellicer, he hecho incursiones hacia atrás y hacia adelante. Empecé estudiando prehistoria reciente, después me fui hacia la protohistoria. Al mundo romano he llegado muy pocas veces. Como suelo decir, me he dedicado al hombre contemporáneo, que es el que va desde el Neolítico hasta la actualidad. La gran prehistoria de la humanidad es el Paleolítico.

Fuente: diariodesevilla.es| 14 de marzo de 2021

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