La caída o decadencia del Imperio romano (I)

Este concepto historiográfico, el de la caída o decadencia del Imperio romano, ha sido y es en la actualidad objeto de múltiples interpretaciones por parte de los historiadores.  Se trata además de un tema recurrente ya que se ha querido ver en sus causas un reflejo de las crisis económicas, sociales y políticas que vivimos en la actualidad.

Tradicionalmente, se ha considerado el proceso desde dos puntos de vista: como una larga transformación debida a fenómenos endógenos (la "decadencia"); o un derrumbamiento repentino por causas fundamentalmente exógenas (la "caída").  En concreto, los términos “decadencia” y “caída” nos traen a la memoria la obra maestra del historiador inglés Edward Gibbon (The history of the decline and fall of the Roman Empire - Historia de la decadencia y caída del Imperio romano), quien renovó la ciencia historiográfica gracias a su análisis del período tardo-romano, asumiendo una postura a medio camino entre las causas endógenas y las exógenas.  Este trabajo continua vigente en muchas de sus conclusiones y es de lectura obligada para quien quiere profundizar en este tema.

Las invasiones bárbaras

Al recapacitar sobre las causas del fin del Imperio romano, lo primero que nos viene a la mente son las llamadas “invasiones de los pueblos bárbaros”.  Los romanos emplearon el término “bárbaro” ―cuyo origen etimológico es griego― para referirse a los pueblos extranjeros limítrofes con el Imperio.  Por influencia celta, de donde pasó a los escritores latinos, también los conocemos como “germanos” a pesar de que su origen es multiétnico.

Debemos tener en cuenta que la primera migración de estos pueblos se produce alrededor del año 500 a.C. cuando alcanzan el curso inferior del Rin, Turingia y la Baja Silesia, momento en que entran en contacto con los celtas.  Las migraciones germánicas comprendidas entre los siglos III y I a.C. no cesaron hasta la conquista de la Galia por Julio César (58-51 a.C.) y la organización de la frontera (limes) danubiana por Augusto alrededor del año 16 a.C.  Desde entonces, y hasta los tiempos de Marco Aurelio, los germanos dejaron de constituir un peligro inmediato para el mundo romano.

Sin embargo, durante todo este tiempo se produjeron contactos intensos entre ambas culturas que fueron difuminando las barreras que los separaban: a la instalación de colonos germanos en las tierras semivacías de Galia en el norte, se une la transmisión de las técnicas agrarias romanas y el comienzo de fecundos intercambios comerciales.  Al propio tiempo, Roma empleó una táctica que, vista en retrospectiva y a la larga, constituyó un error: la celebración de pactos con los germanos fronterizos permitiendo su entrada en el ejército imperial en calidad de mercenarios para que sirvieran de defensa frente al resto de invasores.

La segunda oleada migratoria, si podemos llamarla así, tiene lugar a lo largo del siglo III d.C. y se produjo por el empuje de los germanos orientales: los godos se desplazan hacia el sureste, por tierras danubianas y de la actual Ucrania; los vándalos y los burgundios hacia el suroeste.  En el siglo siguiente surgirían cerca de la frontera del Rin las potentes confederaciones de alamanos y francos, que provocarían nuevas invasiones entre los años 254 y 278 d.C.

De igual forma, alrededor del año 375 d.C., después de haber sido expulsados de China tras largas décadas de lucha, los hunos invaden el sur de Rusia y destruyen el reino Ostrogodo del rey Ermanarico.  Ante la presión de los invasores asiáticos, volvemos a ser testigos de otra oleada migratoria de los bárbaros hacia tierras occidentales.

Otras circunstancias a tener en cuenta

Sin embargo, para comprender adecuadamente el proceso que desembocó en el colapso final, debemos tener en cuenta la situación social, política y económica que se vivió durante este tiempo.

Desde el año 235 d.C. Roma vive presa de su enorme ejército.  Con la llegada al trono de Maximino el Tracio comienza la época de los emperadores militares, que se prolongaría hasta finales del siglo III.  Durante esta etapa, las legiones son las que imponen a los emperadores, elegidos entre los más destacados generales.  Al tiempo, surgen usurpadores con ansias independentistas en varios rincones del Imperio.  Por ejemplo, el general romano Marco Casiano Latino Póstumo, responsable de la administración de las Galias y de la protección de la frontera del Rin, decide constituir un reino independiente en el año 259 d.C.  Su ejército, que había derrotado a los francos, le proclama emperador y da origen al imperio Galo ―que comprende las provincias germánicas y galas, así como Hispania y Britania― que perdurará hasta el año 273 d.C.

Lucio Domicio Aureliano, nombrado emperador en el año 270 d.C., comprendió que no podía combatir contra todos los enemigos al mismo tiempo, por lo que cedió la provincia de Dacia a los godos con la finalidad de calmar su ansia de expansión.  Acto seguido atacó separadamente a vándalos y germanos que invadían Italia consiguiendo dispersarles.  Finalmente logró recuperar el control sobre el Imperio Galo, así como sofocar el levantamiento de la reina Zenobia de Palmira, reconstituyendo la unidad del Imperio.  En este contexto toma una decisión que tendrá irremediables consecuencias que más adelante analizaremos: ordena a todas las ciudades del Imperio, Roma incluida, que construyan murallas en su perímetro para defenderse con sus propias fuerzas.

Diocleciano, nombrado emperador en el año 274 d.C., decidió dividir el Imperio en cuatro grandes territorios (la reforma, con el nombre de “tetrarquía”, entró en vigor en el año 293 d.C.).  El poder quedó repartido entre dos Augustos, Diocleciano y Maximiano, y dos Césares, subordinados a aquéllos.  Con esta reforma se pretendía completar la vasta obra de descentralización administrativa y militar que se había iniciado con anterioridad, para lo cual cada uno se estableció en ciudades próximas a las fronteras con la finalidad de mejorar la defensa y controlar más de cerca los ejércitos imperiales.

Diocleciano, con su título de Augusto y la mayor parte del ejército, se ocupó sobre todo de los asuntos de oriente; mientras que para occidente designó a Maximiano, general del ejército, que se instaló en Milán.  Cada uno de ellos escogió a su propio César, que se convierte desde ese momento en su hijo adoptivo y sucesor natural en un plazo de 20 años: Diocleciano nombró a Galerio, que situó su capital en Mitrovitza, en la actual Yugoslavia; mientras que Maximiano designó a Constancio Cloro, que se trasladó a Tréveris (Augusta Treverorum), en Germania.  De esta forma, Roma quedó convertida tan sólo en la mayor ciudad de un Imperio que cada vez se volvía menos romano.

Diocleciano impulsó además una serie de medidas económicas.  Los ciudadanos fueron obligados a ejercer una profesión determinada que no podían abandonar, al tiempo que los campesinos quedaban vinculados a las tierras que cultivaban pasando a sus hijos a su fallecimiento.  Del mismo modo, obreros y artesanos fueron incorporados a corporaciones hereditarias, de las que tampoco podían salir.  Se fijaron los precios máximos de los bienes de primera necesidad así como los salarios.  Debido a los cuantiosos gastos militares, el Estado se vio obligado a acuñar cada vez más cantidad de dinero en monedas de menor peso provocando un aumento incontrolado de la inflación.

A causa de la asfixiante administración tributaria, y la multiplicación de detenciones y condenas por los intentos de evasión, muchos ciudadanos romanos deciden huir para ponerse a salvo de los recaudadores de impuestos y buscan refugio entre los “bárbaros”.  Hasta aquel momento habían sido los bárbaros quienes buscaron refugio en tierras del imperio, cuya ciudadanía codiciaban como el más precioso de los bienes.  Ahora sucedía justo lo contrario.

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