Fuente: canariasahora.es| 5 de agosto de 2013

¿Conocían el fuego los guanches? ¿Y cómo lo obtenían? El arqueólogo José Juan Jiménez  (izquierda) buscaba la respuesta a ambas preguntas y la halló entre los objetos depositados en el Museo Arqueológico de Tenerife: piezas longitudinales de madera con huellas circulares de pequeño tamaño que muestran evidencias de frotación y combustión.

El conservador del Arqueológico explica en una entrevista a Efe que habitualmente las investigaciones sobre los primeros habitantes no se han ocupado mucho de este asunto, «que es cotidiano pero muy importante y necesario para la supervivencia de cualquier sociedad».

Los investigadores han dilucidado fehacientemente cómo se trabajaba la madera, la piedra o el hueso, pero ¿cómo hacían para encender el hogar, guisar los alimentos, cocer la cerámica o iluminarse en la oscuridad? se preguntaba José Juan Jiménez.

Las incógnitas sobre el fuego y su potencial logístico y energético le llevan a combinar una propuesta divulgativa basada en cruzar los datos de la arqueología y los provenientes de la etnohistoria: los objetos arqueológicos y los testimonios escritos aportados por los primeros cronistas e historiadores de Canarias.

Su propuesta también trata de explicar e interpretar los objetos arqueológicos depositados en los museos, los cuales confirman que los primeros pobladores de Tenerife lograban sacar fuego mediante un proceso de frotación practicado con un palo alargado que situaban sobre una base de madera.

Según las fuentes etnohistóricas, los guanches «sacaban fuego con dos palitos, uno recio y con punta y el otro de madera floja en el cual hacían un hoyuelo y con el otro en ambas manos abiertas lo torcían muy aprisa y hacía primero humo hasta que prendía el fuego».

Los hallazgos depositados en el Museo Arqueológico de Tenerife muestran una pieza de madera de 75'5 centímetros de largo por 9'4 de ancho procedente de los Asientos de Pedro Méndez, en La Orotava, que presenta una acanaladura longitudinal labrada acompañada de otra cilíndrica con señales de haber estado quemada en uno de sus extremos, debido a un antiguo proceso de fricción.

Una segunda pieza de madera de 17'5 centímetros de largo por 5'5 de ancho proveniente de la Cueva del Salitre en Montaña Rajada (La Orotava) ofrece evidencias de haber estado expuesta reiteradamente a episodios puntuales de combustión. Esta pieza posee una huella circuliforme en el centro promovida por la frotación de otro instrumento cilíndrico de madera.

Además hay un fragmento de madera quemada de 22'5 centímetros de largo por 5 de ancho procedente de Igueste de San Andrés (Santa Cruz de Tenerife) en cuya superficie aparecen también los típicos hoyuelos circulares para obtener fuego.

La primera de estas piezas, relata José Juan Jiménez, fue llamada en su momento "El mechero" porque uno de sus extremos quemados daban muestra de que se habría utilizado para hacer fuego, aunque todavía se desconocía con exactitud el método empleado.

Según el conservador del Museo Arqueológico de Tenerife, el proceso se iniciaría con la colocación de fragmentos de hierba seca junto al hoyuelo situado en la superficie de la pieza de madera y frotando un palito cilíndrico entre las manos sobre aquél.

Luego, añadían más hierba seca hasta que comenzaba a percibirse un poco de humo y luego unas brasas tenues.

Entonces se soplaba cuidadosamente para avivarlas hasta que prendía una llama que, con cuidado, promovía un fuego vivo incrementado con fragmentos secos de arbustos y trozos de madera.

«Es un sistema universal de lograr el fuego que nos vincula a la humanidad en su producción energética primigenia», señala el arqueólogo.

La escasez de piezas que hayan podido ser utilizadas por los antiguos habitantes para producir fuego puede deberse a que se confeccionaban con materiales perecederos y a que -quizás- cuando fueron descubiertas no se les concedió importancia debido a la sencillez de su aspecto.

En otras ocasiones desaparecieron porque, tras su uso también se echaban al hogar y se convertían en cenizas, dado que se utilizaban fragmentos de maderas isleñas que podían recolectarse con facilidad, como palo blanco, barbuzano y escobón.

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