Imagen de las excavaciones en el monte Carmelo. Universidad de Haifa

Fuente: cciu.org.uy | Universidad de Tel Aviv| 29 de noviembre de 2012

Desde el descubrimiento de un cráneo humano de 160,000 años de edad en Etiopía, en 2002, los científicos están reconsiderando su interés en cuestiones relacionadas con la evolución del Homo Sapiens.


¿Cuándo y dónde aparecieron los seres humanos modernos y cuáles fueron sus rutas de dispersión en el mundo?
La única manera de responder a esta pregunta es descubrir restos humanos en capas arqueológicas más antiguas que las de Etiopía, de hasta 200,000 años de antigüedad, lo cual no ha sido logrado con certeza hasta el presente. 

Gracias a una asignación del Fondo Dan David, una iniciativa del Sr. Dan David, Doctor Honoris Causa de la UTA y fundador del Premio Dan David, administrado por la UTA , se ha hecho posible el inicio de un proyecto en el norte de Israel destinado a descubrir los restos de Homo Sapiens más antiguo fuera de Africa.

                                                                                                                     

Las excavaciones serán llevadas a cabo durante cuatro años en la cueva Misliya, en el monte Carmelo, por el Prof. Israel Hershkovitz, paleoantropólogo de la UTA (izquierda), con la colaboración de la arqueóloga Prof. Mina Weinstein-Evron (derecha) de la Universidad de Haifa. El Prof. Hershkovitz es titular de la Cátedra Tassia y Dr. Joseph Meychan de Historia y Filosofía de la Medicina , en la Facultad Sackler de Medicina
 

El descubrimiento de un tesoro arqueológico

En las excavaciones realizadas en el monte Carmel hace alrededor de 70 años fueron descubiertos restos humanos de más de 100,000 años. “La cueva Misliya, que aún no fue explorada, contiene capas prehistóricas de cuatro metros de profundidad  y de 500,000 años de antigüedad”, dice Hershkovitz.

El techo de la cueva colapsó, lo cual ayudó a proteger los sedimentos de los efectos de la erosión durante miles de años. Las excavaciones preliminares en el sitio han proporcionado huesos de animales, un fragmento de una mandíbula humana antigua con dientes intactos, y el hueso de un dedo humano.


Hershkovitz sostiene que los cráneos de 160,000 años descubiertos en Etiopía se encuentran en el umbral de la anatomía moderna pero no son completamente humanos modernos, debido a lo cual fueron atribuidos a una nueva subespecie: Homo Sapiens Idaltu. Se trata de cráneos anatómicamente diferentes a los del Homo Sapiens moderno encontrados en Israel, de 100,000 años de antigüedad.

 Foto: Cráneo y reconstrucción del Homo sapiens idaltu
 
 
Pasión por la paleoantropología

El interés de Dan David en el proyecto comenzó durante una visita que realizó con el Prof. Herhskovitz y el Prof. Michel Brunet, de Francia, laureado con el Premio Dan David 2003 en reconocimiento a su descubrimiento, en 2002, del cráneo humano más antiguo conocido, de 7 millones de años de edad (abajo).


Foto: Cráneo del Sahelanthropus tchadensis, apodado Toumaï

Para Dan David, el campo de la paleoantropología es una pasión intelectual, al margen de poseer grandes conocimientos sobre la materia, dice el Prof. Hershkovitz. Después de haberse interiorizado en los detalles del potencial de la cueva de revelar restos humanos antiguos, y de la importancia de la investigación paleoantropológica en Israel, ofreció la asistencia de la Fundación Dan David para apoyar el proyecto.

Los análisis de DNA indican que el Homo Sapiens más antiguo podría remontarse a unos 250,000 años, indica el Prof. Hershkovitz. “Si encontramos fragmentos de esa edad en Misliya, contaremos con información histórica importante sobre el Homo Sapiens y sobre el desarrollo evolutivo, cultura y genético de las especies más antiguas, incluyendo las rutas de sus migraciones. 

También pondremos a Israel en una situación de privilegio como uno de los principales centros de investigación de paleontología a nivel mundial”, asegura.

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Respuestas a esta discusión

El origen del 'Homo sapiens': caso abierto

 

 

Por María Martinón-Torres. Miembro del Centro Nacional de Investigación de la Evolución Humana (CNIEH)

 

Blog del Museo de la Evolución Humana| 1 de diciembre de 2012

 

El posible origen africano de Homo sapiens, a pesar de ser uno de los debates en los que parece haber mayor consenso, no deja de ser una hipótesis y, como tal, debería estar sujeta a revisión y contraste, particularmente a la luz de nuevas evidencias. Uno de los pilares básicos sobre los que se fundamenta la aserción de que nuestra especie es oriunda de África radica en que los fósiles más antiguos atribuidos a H. sapiens se han encontrado en este continente. Con aproximadamente 195.000 años de antigüedad, los fósiles de Herto, en Etiopía, van en cabeza de una carrera que, sin embargo, no se ha celebrado en igualdad de condiciones. ¿Es acaso comparable el trabajo de campo que se ha realizado en África y en Asia? ¿Está equilibrada la consideración que la ciencia oficial ha otorgado al registro arqueológico y paleontológico de ambos continentes? Mientras en África se reconocen hasta tres géneros –Paranthropus, Australopithecus Homo- con varias especies cada uno, para el mismo periodo, en toda la inmensa Asia, solo se reconoce una especie, un cajón de sastre llamado Homo erectus. ¿Estamos utilizando la misma vara de medir en ambos casos? ¿Se nos estará escapando algo?

Durante los últimos años, hemos asistido a un avance imparable del gigante asiático en muchos campos, incluido el de la ciencia. Somos testigos y partícipes de un esfuerzo ostensible por parte de los científicos orientales porentrar en el juego mediante la publicación de su evidencia en revistas internacionales de impacto (con un sistema de revisión externo que garantiza unos estándares de calidad iguales a los exigidos al resto de la comunidad científica), redescubriendo fósiles antiguos que estaban únicamente publicados en la lengua china, proporcionando nuevas y fiables dataciones –su gran asignatura pendiente- y presentando también nuevos fósiles, recuperados en excavaciones actuales. De estas últimas surgen fósiles como una mandíbula y varios dientes de Zhirendong, al sur de China, con más de 100.000 años de antigüedad, que han sido interpretados como el Homo sapiens más antiguo del continente, retrasando en unos 60.000 años la que se creía la fecha más antigua de la presencia del hombre moderno en Asia.

La ausencia de evidencia no era pues, evidencia de ausencia, y no apostaría nada a que esta nueva era en la ciencia asiática no batirá records de fechas y hallazgos relevantes en el árbol humano, incluso para H. sapiens. Pero además, para investigar el lugar de origen del humano moderno, sería importante concentrar esfuerzos en comprender qué sucede en el Pleistoceno Medio, el periodo inmediatamente anterior a la aparición de H. sapiens. Precisamente en este aspecto, el registro humano del Pleistoceno Medio en África es escaso y no presenta, más allá de rasgos “avanzados” -por otra parte propios de los homínidos de esta cronología- ningún rasgo que podamos ligar exclusiva e inequívocamente al origen de H. sapiens.

¿Y qué sabemos de Asia? Pues incluso menos, a pesar de que la cantidad de yacimientos con evidencia fósil para el Pleistoceno Medio es significativamente mayor que la que se conoce para África. Precisamente, acabamos de terminar, en colaboración con nuestros colegas del Institute of Vertebrate Paleontology and Paleoanthropology de Pekín, un estudio sobre los dientes fósiles del yacimiento de Panxian Dadong, en el sur de China, que será publicado en el Journal of Human Evolution. Valga como adelanto que, como los fósiles africanos, los homínidos de Panxian Dadong presentan también rasgos “avanzados” y ninguna característica neandertal. ¿Qué significa esto? ¿Sabemos en realidad qué rasgos nos hacen sapiens? ¿Sabemos qué tenemos que buscar (o encontrar) en el registro fósil para poder identificar una especialización incuestionable hacia la línea sapiens? Curiosamente, cuando Linneo nombró y describió a nuestra propia especie, Homo sapiens, no proporcionó un holotipo, o espécimen tipo que represente al grupo. ¿No es paradójico que la especie que se dedica a nombrar a las demás carezca de holotipo? ¿Nos deja esta circunstancia un poco huérfanos a la hora de encontrar nuestras raíces y saber a quién deben parecerse nuestros fósiles? ¿Es el origen de H. sapiens un asunto cerrado?

En “Cien años de soledad”, la legendaria novela de García Márquez, el escritor colombiano nos imbuye en la dilatada historia de los Buendía, una saga de personajes fascinantes cuyo devenir ha cautivado a generaciones y generaciones. Entre muchos pasajes inolvidables, hay uno singular que muchos años después de haberlo leído ha cobrado para mí un sentido renovado:

 

“… Úrsula se resistía a envejecer aun cuando ya había perdido la cuenta de su edad. Nadie supo a ciencia cierta cuándo empezó a perder la vista. […] No se lo dijo a nadie, pues habría sido un reconocimiento público de su inutilidad. […] Conoció con tanta seguridad el lugar en que se encontraba cada cosa, que ella misma se olvidaba a veces de que estaba ciega. En cierta ocasión, Fernanda alborotó la casa porque había perdido su anillo matrimonial, y Úrsula lo encontró en una repisa del dormitorio de los niños […] Úrsula recordó que lo único distinto que (Fernanda) había hecho aquel día era asolear las esteras de los niños porque Meme había descubierto una chinche la noche anterior. […] Úrsula pensó que Fernanda había puesto el anillo en el único lugar en que ellos no podían alcanzarlo: la repisa. Fernanda, en cambio, lo buscó únicamente en los trayectos de su itinerario cotidiano sin saber que la búsqueda de las cosas perdidas está entorpecida por los hábitos rutinarios, y es por eso que cuesta tanto trabajo encontrarlas.”

No estaría de más que la ciencia, en general, se pareciese más a Úrsula que Fernanda, pues con frecuencia nuestra búsqueda de respuestas ha sido entorpecida por lo que ya sabíamos. Nos empeñamos en buscar las piezas del puzle donde creemos que deben estar y, de esta forma, nunca aparecen. Pongamos la cruz del tesoro en otro lugar del mapa, y quizá nos sorprendamos cuando el dorso de nuestra pala, golpee la tapa del cofre.

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